"C. G. Jung", por Herbert Read (Quinta Parte)

Hacia el final del último párrafo de la entrega anterior (Cuarta Parte) de este extenso ensayo de Herbert Read sobre Jung (que tenemos el privilegio de transcribir para los calificados lectores de "Salud y Psicología"), nos es dado leer que el individuo ha depuesto su poder de decidir, su responsabilidad social y que se halla -la imagen es terrorífica- como un remache ("¡ni tan siquiera como un diente de rueda!") en un mecanismo cuyos movimientos y cuya dirección no tiene el poder de controlar. Lo que mueve la maquinaria (a falta de seres humanos excepcionales, talentosos y sabios, que pudiesen "gobernar la nave") es una fuerza demoníaca que procede directamente del inconsciente colectivo. No existe otra hipótesis que pueda explicar el empleo demencial contra la propia humanidad de las atroces armas de destrucción masiva que -ya se alarmaba Read en aquellos lejanos días de hace más de medio siglo- hoy están en poder de los seis u ocho Estados mundiales más poderosos. No ignora el lector sagaz que dicha carrera armamentística jamás halló solución de continuidad y que, lejos de eso, que hasta puede parecer una esperanza ingenua, la sofisticación y el poder de daño de los nuevos artilugios bélicos roza tal perfección que, se diría, nacidos de la mente infinitamente proterva de una divinidad hostil o loca. Seguimos:

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"C. G. Jung", por Herbert Read (Cuarta Parte)

Hacia 1839, Edgar Allan Poe publica en la revista "Burton's Gentleman's Magazine" el cuento corto de su autoría "William Wilson". En él, el no menos genial que atormentado escritor estadounidense aborda el siempre fascinante tema del "doppelgänger" ("doppel": doble y "gänger": andante). Salvo que en el caso de este relato, el doble del protagonista no juega un papel de malvado (como sí ocurre, por ejemplo, con Mister Hyde respecto del Doctor Jekyll en la célebre novela de Robert Louis Stevenson), sino que siempre aparece cuando éste, el protagonista, realiza alguna acción poco ética. Es decir, la Sombra a la que alude Jung está encarnada por el "original" y no por el "doble". Como sea, de haber vivido Jung por entonces y de haber ya concebido el proceso de "individuación" (o sea, el proceso de ponerse de acuerdo con uno mismo y de establecer un equilibrio entre nuestros impulsos en conflicto, adquiriendo así, de tal suerte, conciencia de nuestra Sombra y aceptando esta presencia inevitable), es muy probable que la memorable ficción poetiana no hubiese existido, o, de haber sido escrita igual por el bostoniano, otra sería la luz bajo la cual la observáramos. Dichas estas palabras introductorias, continuamos:

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"C. G. Jung", por Herbert Read (Tercera Parte)

Recordará el lector que haya tenido la amabilidad de acompañarnos hasta aquí en la lectura de este extenso ensayo de Herbert Read (y hacemos votos porque haga otro tanto hasta la conclusión del mismo), que el último de los párrafos de la Segunda Parte que publicamos en "Salud y Psicología", nos alerta de que "el sueño no es un acontecimiento aislado y de que forma parte de un proceso mental inconsciente e ininterrumpido que por azar interrumpimos y conseguimos traer a la realidad". Nos dice, además, que es importante para el analista "estudiar sueños en series, pues están ligados por vínculos inconscientes de significado". El analista que esté atento ha de poder dar con las líneas de comunicación entre ellos; puede hallar que se cruzan en un punto determinado, que pasa a ser "el centro de significación". Cuando un centro de esta naturaleza queda establecido, la tarea de la interpretación -nos advierte- se simplifica enormemente. Dicho lo cual, seguimos adelante:

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"C. G. Jung" por Herbert Read (Segunda Parte)

Habiendo llegado en nuestra entrega anterior (Primera Parte) al punto en el que el joven Jung observa, en el caso del análisis de una médium espiritista durante los años 1899 y 1900, que el inconsciente posee capacidades de creación que están más allá del alcance de la consciencia (nadie ignora que desde entonces CGJ dedica, en buena proporción, el resto de su vida a sustanciar esa intuición inicial que despierta en él el caso de marras), seguimos adelante:

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C. G. Jung por Herbert Read (Primera Parte)

Como cuando con curiosidad infinita de aprendiz, no exenta de un placer "casi físico" (que no hesito en celebrar hedónico), frecuento, una vez más, los "Diálogos" de Platón, o los "Comentarios" de Marco Aurelio o los "Ensayos" de Montaigne, o los cuatro tomos de la monumental "Historia de las Ideas y de las Creencias Religiosas" de Mircea Eliade, siempre que vuelvo a la obra (a la encantadora obra, diré) de Karl Gustav Jung, siento que más que estar leyendo a uno de los padres de la Psicología Profunda y de la Psiquiatría, estoy escuchando hablar a un amigo. A un muy querido amigo. A la luz de este sentimiento, es que ahora deseo compartir con los calificados lectores de "Salud y Psicología", uno de los cuarenta ensayos de un libro que nadie que ame el Arte debiera evitar: "La Décima Musa".

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Clínica de las anorexias y bulimias

Una de las formas más actuales e inquietantes del malestar en la modernidad son los llamados "trastornos de la conducta alimenticia". De acuerdo a la enseñanza de Jacques Lacan, los principios que la gobiernan son: "la pasión por la nada", "la contemplación de la imagen en el espejo", "el apetito de muerte", "el dominio imperativo del Superyo", "el empuje melancólico a la Cosa" y su fundamento histérico. Es desde estos principios, que ofrezco una construcción y articulación teórica de conjunto.

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El vacio en las anorexias y bulimias

La anorexia-bulimia ponen en causa el vacio (como un estomago recipiente a llenar o vaciar) pero no, todavía, el vacio como causa, como valor de falta. Es entonces el vacio, el fundamento del objeto y no el objeto que constituye el vacio. El vacio constituirá el fundamento del deseo del sujeto, la causa del deseo del sujeto.

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