#jodorowsky

No te des vencido, ni aun vencido

Les dejo una conversación, teatralizada, con uno de mis maestros espirituales. 

Ejo me recibió con una reverencia.

-Leonora te colocó en la punta del mástil más alto. ¿Qué harás para seguir avanzando?

Un aletazo de sangre me tiñó la cara de rojo. Respondí con rabia:

-Cabeza hacia abajo, descenderé hasta tocar la tierra.

El japonés se balanceó entre aprobando y desaprobando. -Tu respuesta puede ser correcta si sientes que al trepar por el mástil vas en busca de una ilusión; si piensas «No hay más allá, todo lo que es tiene que estar aquí» y regresas. Pero ¿cuál es la verdadera naturaleza de ese «aquí»? ¿No es también el mundo una ilusión? Por el contrario, si al estar en la punta del mástil, en el extremo donde lo pensable se disuelve en lo impensable, le temes a la oscuridad del alma y por eso regresas al suelo, a lo conocido, a la miseria de la trampa racional, tu respuesta merece un apaleo...

-¡Deja de jugar al gato y al ratón y dime cuál es la respuesta que dan tus maestros!

-Dicen: «Para avanzar doy un paso más, en el vacío». Osan seguir trepando, se atreven a penetrar en lo desconocido, donde no hay indicaciones ni medidas, donde el yo se esfuma, donde la consciencia se eleva por encima del mundo, sin intentar cambiarlo, hasta percibir aquello que no es palabras. Ahí no tienes definiciones, nada, solamente eres lo que eres sin preguntarte quién eres, sin compararte, sin juzgarte, sin sed de honores, ¿comprendes?

Respondí sarcástico:

-¡Comprendo! ¡Mi ser verdadero, eterno e infinito, lo sabe todo! ¡Mis innumerables bolsillos están llenos, no tengo necesidad de nada!

Para calmarme, el monje me hizo arrodillar y me dio tres golpes en cada omóplato con su hyosaku [bastón]. Cuando, imitando la modestia, junté las palmas de las manos e incliné la cabeza, gruñó:

-Si es así, resuelve este otro koan: «¿Cómo haces para apagar una lámpara que está a mil kilómetros de distancia?».

La respuesta me vino después de una angustiosa concentración:

-¡Extiendo un brazo que tiene mil kilómetros de largo! No supe si Ejo me miraba con piedad o desprecio.

-Crees comprender, eres astuto, pero la ambición te ciega.

En tu respuesta insinúas: «Mi mente no tiene límites, puede llegar al infinito", sin darte cuenta de que ubicas la lámpara fuera de ti. ¡La piensas pero no la eres!

Me di cuenta de mi error. Me dio vergüenza. -¿Cuál es la respuesta del libro?

-«Sin decir una palabra, el discípulo eleva una mano y tamborileando con las yemas de los otros dedos sobre la del pulgar, imita una llama. Luego sopla sobre ella dando a entender que la apaga.» No hay distancia. La lámpara es su mente. Al apagarla, él se ilumina. .

-Hay algo que no entiendo: ¿por qué debo apagar una lámpara que para mí es símbolo del conocimiento, de la tradición?

-Los símbolos no tienen significado fijo, cambian según el nivel de consciencia de quien los examina y del contexto cultural donde aparecen. La lámpara de la que aquí se habla no la porta un Buda, se consume en una pieza lejana y no hay nadie que pueda apagarla, lo que es una pérdida de combustible. La sabiduría que tú llamas «tradicional» está lejos de tu esencia, brilla sin alumbrar nada en ti. Si eres noche insondable, no necesitas teorías que te alumbren. Esas «enseñanzas» adulteran tu oscuridad. Convirtiéndote en erudito, alargas el brazo mil kilómetros, alejándote cada vez más de tu centro. El intelecto que arde inútilmente y que no sabes apagar está hecho de definiciones nacidas del miedo a lo impensable... El siguiente koan precisamente se refiere a eso: «Una ramera salvó a un espíritu del mundo del sufrimiento llenando una taza con agua, luego se quitó los collares y los pendientes y los sumergió en ella. ¿Cómo lo salvarías tú?». ¡Dime!

-La respuesta se me hace evidente, Ejo. Lo salvaría desprendiéndome de aquello con lo que me adorno: pensamientos oportunistas, sentimientos vanidosos, lujos inútiles, autodefiniciones indulgentes, exhibición de medallas y diplomas...

-¡Basta! Una vez más remueves la superficie creyendo que escarbas profundo. Escucha la respuesta tradicional: «El discípulo imita la angustiada cara de un espíritu y, uniendo sus manos, clama: "¡Por favor, sálvame!"». El espíritu que la cortesana ve es su propia imagen. Emperejilada para conquistar clientes, se desprende de los adornos y los arroja al agua que le presenta el reflejo de su cara. Al desprenderse de ellos, considerándolos semejantes al reflejo, la ramera doma sus deseos, la seducción le parece inútil, su ilusoria individualidad desaparece... Buda, viendo el presente como el mundo del sufrimiento donde el ego está amarrado por sus deseos, decretó su vacuidad. Abominando la enfermedad, la vejez y la muerte, decidió escaparse de la rueda de reencarnaciones y nunca más nacer... Pero ¿no podría esta ilusión llamada «ego» ser un elemento necesario para la perfecta realización?, ¿no podría el nacimiento ser considerado una fiesta?, ¿no podría la vida ser la felicidad?, ¿no podría aceptarse que la existencia efímera es un grado de la existencia eterna? Si el impensable Dios está en todo, el sufrimiento nada más es un concepto y la Consciencia un tesoro que se nos otorga eternamente. Sólo se puede perder lo que no es uno mismo. Se es lo que se es para siempre. Al mismo tiempo que los cuerpos se marchitan, el espíritu va apareciendo. El tiempo es nuestro amigo, nos aporta sabiduría. La vejez nos enseña a no aferrarnos a la materia. Las riberas de un río no tratan de inmovilizar el transcurrir del agua. ¿Por qué temer a las enfermedades? Son nuestras aliadas. Los males corporales, al revelamos problemas que no osamos enfrentar, curan las enfermedades de la mente. ¿Miedo a perder la identidad? La suma de todas las identidades es nuestra identidad. ¿Miedo a ser abandonados? Si estamos con nosotros mismos, estamos acompañados. ¿Miedo a no ser amados? Libertad es amar sin pedir que nos amen. ¿A estar encerrados? El universo es nuestro cuerpo. Lo contenemos todo. ¿Miedo al otro? Es nuestro espejo. ¿Miedo a perder un combate? Perder un combate no es perderse a sí mismo. ¿Miedo a la humillación? Si vencemos nuestro orgullo, nadie nos puede humillar. ¿Miedo a la noche? La noche siempre está unida al día. ¿Miedo a ser estériles? El alma es nuestra hija suprema -Ejo Takata se detuvo y lanzó una atronadora carcajada. Luego abrió su abanico y comenzó a abanicarse-. Caí en la trampa, vomité palabras. Tengo la lengua sucia. Y tú las orejas. Ven a la cocina. Guardo un botellón de buen sake. Vamos a beber entregándonos a la única respuesta válida para todas las preguntas: el silencio.

Calentamos religiosamente el alcohol de arroz y, a medida que lo ingeríamos, nuestra mudez se fue espesando. En ese silencio denso vi a Ejo más japonés que nunca. Sus ojos rasgados me miraban con intensidad de saurio. Quizás fue algo real o bien el efecto del alcohol, no lo sé, el caso es que de pronto sentí que su espíritu, como un animal rapaz, se aposentaba en mi cerebro. Sacudí la cabeza con violencia.

-¡Cesa de leer mi mente!

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Alejandro Jodorowsky
@alejodorowsky
Jodorowsky vive en París donde da clases de tarot y conferencias sobre sus técnicas (la psicomagia y la psicogenealogía) en el cafe Le Téméraire. Está casado con la pintora y diseñadora francesa Pascale Montandon