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El Otro que Goza

Amar significa donar al Otro nuestra falta; dar al Otro lo que no se tiene. Dar al Otro el signo de nuestra falta. El cuerpo de la anoréxica-bulímica se acerca a la muerte, desafía la muerte, el riesgo que la muerte implica, para provocar al Otro del amor, o mejor aún para provocar el amor del Otro.

Las dos vías: la vía estética (la fascinación narcisista que captura al sujeto en el espejo) y la vía moral (que tiene su fundamento en la figura tiránica y feroz del superyó).

Pero, ¿Qué es en realidad el control, sino un modo de tratar de darle reglas a la contingencia real del cuerpo sexuado y de sus transformaciones en relación al deseo del Otro? ¿O de tratar de encauzar una voluntad de goce del Otro que parece no tener límites, que se presenta como sin reglas, privada de orden, caprichosa? Una como respuesta al Otro de la demanda (neurosis) y la otra como respuesta frente al Otro gozador (psicosis)

El ejercicio del control nos muestra, al mismo tiempo, la función de defensa del deseo del Otro y aquella de auto punición por haber transgredido su ley (como se pone en evidencia con las purificaciones que llevan hasta la tortura del cuerpo). El superyó es la instancia central.

Esta característica superyoica del discurso anoréxico-bulímico tiene su origen en el desacuerdo entre la ley y el deseo que es la tarea de la función paterna para poder introducir al sujeto en el discurso. En el sujeto anoréxico-bulímico la ley queda anclada al imperativo del Otro que es la única forma de Ley que se inscribió a causa de un funcionamiento defectuoso de la acción normativa del nombre del padre.

Una doble tensión interna del discurso anoréxico-bulímico: la tendencia a la cuantificación, a la reducción de la contingencia del deseo en la necesidad del cálculo y la tendencia hacia el ser del deseo como aquello que subvierte toda tentativa de cuantificación. (Su cara histérica, la que empuja hacia el deseo)

Amar significa donar al Otro nuestra falta; dar al Otro lo que no se tiene. Dar al Otro el signo de nuestra falta. El cuerpo de la anoréxica-bulímica se acerca a la muerte, desafía la muerte, el riesgo que la muerte  implica, para provocar al Otro del amor, o mejor aun para provocar el amor del Otro. Para hacer vacio en el Otro, para dejar al Otro en falta, abierto por la falta, habitado por un vacio. Para reducir así el demasiado lleno del Otro. La demanda de amor no es una demanda de algo dirigida al Otro sino que es la demanda de la presencia del Otro. De una presencia que sepa ofrecer la propia falta. De una presencia no-plena de tener, sino agujereada por la falta. De una presencia-ausencia.

La bulimia es una compensación a la frustración del amor. Esta frustración tiene como objeto real el seno (como prototipo del objeto oral) y produce en el sujeto un daño imaginario. La compensación es a través de la incorporación en exceso del objeto de la necesidad (el objeto-comida) tratando así de subrogar la ausencia del don de amor. (TE AMO=TE COMO=hacer uno con el otro)

Hacerse ausente para el Otro, para conmover al Otro del amor, de su indiferencia. Como si dijese: “Me ves ahora, ahora que no estoy, que desaparecí, que me volví invisible”. Construye la anoréxica un lugar en el Otro excavándolo. Porque volverse invisible es un modo de hacerse visible.

La relación de la anoréxica-bulímica con la mirada del Otro puede ser; o volverse invisible hasta desaparecer sin dejar rastros como un modo de defensa frente a otro devorador y gozador (en las psicosis) o como maniobra neurótica para que el otro se dé cuenta de la falta volviendo lo invisible visible.

La vergüenza es lógicamente vergüenza de frente al Otro, implica fundamentalmente al Otro, la mirada del Otro. De este modo Sartre anuda la dimensión de la mirada a la de la vergüenza. La subjetividad humana está constantemente a merced de la mirada del Otro (y de esta dependencia la vergüenza hace signo) que ejerce sobre esta una verdadera función de Medusa, petrificante. Ser mirados por el Otro provoca una conmoción en las estructuras ontológicas de la realidad humana. La mirada del Otro fija, aliena, reduce el ser de la realidad humana al ser rígido de las cosas, del en-si. En este sentido la mirada produce en el sujeto una suerte de constante hemorragia interna. Su ser se vuelca al exterior, se exterioriza, es en la fuga hemorrágica, es la presa del Otro, su trascendencia es trascendida.

El ser de la bulímica es fundamentalmente un ser en la vergüenza. Esta sensación aumenta en los sujetos que no llegan a vomitar y en los que el cuerpo sufre los efectos deformantes provocados por los excesos alimenticios. La mirada del Otro se tiñe persecutoriamente: el ser-vista deviene insoportable.

En la bulimia, comer es morir, porque falta un límite para el goce.

En el estadio del espejo, el Otro materno ha introducido, en el corazón de la constitución del yo, una rotura de la imagen, respondiendo a la imagen del niño no con una sonrisa acogedora, sino con el rechazo y el juicio superyoico. Cuando el Ideal anoréxico falta provoca una desinvestidura narcisistica de la imagen del cuerpo cuyo efecto es convertir el cuerpo en un “tacho de basura”.

La escena primaria de la anoréxica se ubica en el espejo. El Otro destila una mueca, algo de la imagen del cuerpo no va, está fuera de lugar, no se especulariza. La escena de un rechazo en el espejo del Otro. De un gesto de burla, la mirada del Otro ofende, daña la imagen, por eso para reparar esta mueca del Otro es que la anoréxica-bulímica elige amplificar el valor narcisistico de la imagen del cuerpo. Ejercer el dominio de la imagen a través de la voluntad férrea que tiende a recuperar en algún modo la exaltación narcisista del yo ideal, deviene el único modo para la anorexia de sanar aquella antigua afrenta. Para tratar de reducir la mueca del Otro. Para recuperar una especularización nunca cumplida de la propia imagen. De salir de la repetición traumática de la escena primaria del espejo.

Parrafos seleccionados del libro de Recalcati, M., La última cena: Anorexia y Bulimia. Ediciones del Cifrado, Bs. As. 2004.

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Lic. Massimo Recalcati
Trabaja en Milán como psicoanalista y es miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, atesorando el Título AME. Fundador de JONAS (Centro de Investigación Psicoanalítica sobre los Nuevos Síntomas). Da clases en la Universidad de Bérgamo y en el Instituto Freudiano de Milán.