Budismo Zen y Psicoanálisis Lacaniano

Hacer caer al Yo. Llorar hasta romperse. Sentarse de cara a la pulsión de muerte. Vaciarse de toda ilusión, soltar, soltarse. ¿Es posible? "Ni dejen de buscar ni huyan; suelten” Koan Zen

Uno de los pilares del budismo: el carácter ilusorio del Yo. Uno de los pilares de la enseñanza de Lacan… ensañarse con él, estirarlo, hacer saltar las costuras, incluso perderse en uno mismo sin saber qué quiere decir “uno mismo”. Desvestir las ficciones del “Uno mismo” para atravesar los planos de la Identificación. Hacer pedazos al Yo, sin dejar de inventarse alguno todo el tiempo. Jugar con máscaras, sabiendo que se oculta un Vacío, aquello que los budistas llaman “Ku”, lo que sería más adecuado traducir por “Vacuidad”. Una “Nada” que no melancoliza, sino que permite “ver mejor las oscuridades”, en ausencia de posibilidad de ver claro, como le gustaba decir a Freud.

Quizás Lacan se haya visto seducido también por estas ideas. ¿Dónde lo fue Freud? Según él nos confiesa en “Más allá del principio del placer” (1920), es a través de Schopenhauer que Freud es impactado por algunas ideas que el filósofo alemán había tomado de Los Upanishads, antiguas escrituras de la India. Freud admite encontrar relaciones directas entre su último dualismo pulsional (Eros – Tánatos) y algunas de las propuestas de A. Schopenhauer en “El mundo como voluntad y representación”, su obra capital.

Y la “técnica del escultor”, recordemos… restar lo que está demás decía Freud ya en 1905. Casualmente la práctica del Zen apunta a la aniquilación del pensamiento yoico, a apagar las olas de la mente, a extinguir las imágenes sobrantes… ¿Y no enseñó Lacan a conducir los análisis desde lo que él llamaba “la fuga del sentido”? ¿No es la Castración el grado cero del sentido? ¿No es ese el Vacío que bordeamos en un análisis?

Parece que la vida no tiene ningún sentido a priori, y el budismo supo tomar al toro por las astas, enseñando a no sufrir demás, a no ahogarse en las ilusiones neuróticas, y más lejos aún: ir más allá del más allá, convivir con lo insoportable. Dice el maestro Zen Taisen Deshimaru:

“El Zen es sufrimiento, inmersión en el sufrimiento (…). El Zen no aconseja rehuir lo que puede ser duro de soportar ni tampoco buscarlo (…). Se adquiere una actitud justa que pone las cosas en su sitio sin que la imaginación las agrave”.  

Pero… para soltar la Imaginación (Ego)… hay que sudar la gota gorda.

“Cada uno teje su propio nudo” dice Lacan por ahí, en su última enseñanza; habrá que inventarse algo nuevo que no sea la Neurosis. Cada cual teje alguna cosa sobre ese Vacío, algo diferente –en el mejor de los casos- a la miseria neurótica. Y tanto peso le damos a la famosa “responsabilidad subjetiva”… y tanto cuesta desprenderla parece del campo kantiano de la moral o del ámbito jurídico del derecho… Con esto me refiero a cómo se esgrime dicho concepto en la práctica clínica, y no a su definición teórica. ¿No se trata más bien de una ética?

 

Tanto el budismo Zen como al análisis lacaniano apuntan al carácter ilusorio del Yo, a su esencia imaginaria, a su función superficial, aunque relativamente necesaria. A desprenderse del Ego, digamos. “Tu existencia no es la imagen en el espejo” leemos en un texto clásico del budismo. En este contexto podríamos introducir el concepto de Samsara, entendido como transformación, existencia condicionada, nacimiento-y-muerte, repetición eterna, mortalidad, existencia corpórea, mundo de la volición. Suele transcribirse este concepto en el sentido de lo ilusorio de la realidad material; pero también es cierto que el budismo es nihilista, niega la existencia de un “alma”, sea antes o después de la muerte.

La ilusión del estado de vigilia, la Verdad del fantasma, Lacan la enuncia en términos de despertar para seguir soñando… ¿Casualidad? ¿No es la transformación perpetua de todas las cosas una verdad irrefutable? ¿No nos habla Freud de “La transitoriedad” en 1916? ¿Qué quiere decir no quedar tomado por Lo Imaginario? ¿No nos enseñó Lacan a distinguir la apariencia fenoménica de las cosas de aquello invisible que las determina? Pecaríamos de ingenuos si nos ocultásemos algunos de los textos tradicionales del budismo, todos ellos desbordantes de una desconfianza certera en los “fenómenos”.

Con el concepto de “Ku” (en japonés) o “Sunyata” (en sánscrito) el budismo niega la posibilidad de toda forma de existencia fenoménica estática: todos los fenómenos son relativos y dependen unos de otros; la interdependencia es central no sólo en el budismo sino en todo el pensamiento oriental. “Ku” o “Sunyata” es la existencia sin sustancia.

Freud nos hablaba de la “política del avestruz” del neurótico; Lacan de la “pasión por la ignorancia” del mismo… casualmente, el pecado en el Budismo es la Ignorancia, la Ignorancia es la raíz de las pasiones y de las Ilusiones, enseñaba Buddha. El “Satori” o “despertar” del Zen no consiste en esperar un paraíso futuro en otra vida, sino en conocer y estar advertido del carácter ilusorio del Yo. Sabemos que el discurso analítico no habla de “pecado”, y en rigor el budismo tampoco, no el budismo Zen, que termina rompiendo el campo “religioso”, situándose por fuera de cualquier rito, de cualquier religión. Debemos decir más apropiadamente que el Zen es una praxis.

Véase la bienvenida de Lacan a esta idea para pensar el psicoanálisis en el Seminario XI. Ni el psicoanálisis ni el Zen se proponen como “sistemas de pensamiento” (lo que no quiere decir que muchos no lo intenten forzar el psicoanálisis en esa dirección una y otra vez), como “concepciones del mundo” (weltanschaungen), sino más bien como éticas. Lógicas del hacer.  Y No – Todo ingresa en ellas.

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