Niños Antisociales

Párrafos seleccionados de Winnicott, D: "Deprivación y delincuencia" Segunda Parte, Cap.13 (Algunos aspectos psicológicos de la delincuencia juvenil) Paidós, Bs.As, 2005.

Cap.13: Algunos aspectos psicológicos de la delincuencia juvenil 

[Conferencia pronunciada ante magistrados, por invitación, 1946.]

Deseo ofrecer una descripción simple, pero no falsa, de un aspecto de la delincuencia, una descripción que vincula la delincuencia con la falta de vida hogareña.

No es posible cometer ningún delito sin contribuir, al mismo tiempo, a la fuente general de sentimientos públicos inconscientes de venganza. Una de las funciones de la ley consiste en proteger al delincuente contra esa venganza inconsciente y, por ende, ciega.

La comprensión del delito como una enfermedad psicológica:

Todo lo que lleva a la gente a los tribunales (o a los manicomios) tiene su equivalente normal en la infancia y la niñez, y en la relación del niño con su propio hogar. Si el hogar es capaz de soportar todo lo que el niño hace por desbaratarlo, este puede ponerse a jugar, no sin haber hecho antes toda suerte de verificaciones, sobre todo si tiene alguna duda en cuanto a la estabilidad de la relación entre los padres y del hogar. Al principio el niño necesita tener conciencia de un marco para sentirse libre, y para poder jugar, hacer sus propios dibujos, ser un niño irresponsable.

Ahora bien, ¿Qué ocurre si el hogar no proporciona todo esto a un niño antes de que haya establecido la idea de un marco como parte de su propia naturaleza? La opinión corriente es que, al encontrarse “libre” procede a disfrutar de esa situación. Esto está muy lejos de la verdad. Al ver destruido el marco de su vida, ya no se siente libre. Se torna ansioso, y si tiene esperanzas, comienza a buscar un marco fuera del hogar. El niño cuyo hogar no logra darle un sentimiento de seguridad busca las cuatro paredes fuera de su hogar; todavía abriga esperanzas, y apela a los abuelos, tíos y tías, amigos de la familia, la escuela.

El niño antisocial simplemente busca un poco más lejos, apela a la sociedad en lugar de recurrir a su familia o a la escuela, para que le proporcione la estabilidad que necesita a fin de superar las primeras y muy esenciales etapas de su crecimiento personal.

Cuando un niño roba azúcar, está buscando a una madre buena, la propia, de la que tiene derecho a tomar toda la dulzura que pueda contener. De hecho, esa dulzura le pertenece, pues el invento a la madre y a su dulzura a partir de su propia capacidad de amar, de su propia capacidad creativa primaria, cualquiera sea esta.

Cuando un niño roba fuera de su hogar, también busca a su madre, pero entonces con un mayor sentimiento de frustración, y con una necesidad cada vez mayor de encontrar, al mismo tiempo, la autoridad paterna que ponga un límite al efecto concreto de su conducta impulsiva, y a la actuación de las ideas que surgen en su mente cuando esta excitado.

Solo cuando la figura paterna estricta y fuerte se pone en evidencia, el niño puede recuperar sus impulsos primitivos de amor, su sentimiento de culpa y su deseo de reparar.

La delincuencia indica que todavía queda alguna esperanza. Como verán, no es necesariamente una enfermedad que el niño se comporte en forma antisocial, y a veces la conducta antisocial no es otra cosa que un S.O.S. en busca del control ejercido por personas fuertes, cariñosas y seguras. Las mayoría de los delincuentes son en cierta medida enfermos, y la palabra enfermedad se torna adecuada por el hecho de que, en muchos casos, el sentimiento de seguridad no se estableció suficientemente en los primeros años de vida del niño como para que este lo incorpore a sus creencias. Un niño antisocial puede mejorar aparentemente bajo un manejo firme, pero si se le otorga libertad no tarda en sentir la amenaza de la locura. De modo que vuelve a atacar a la sociedad (sin saber que esta haciendo) a fin de restablecer el control exterior.

El niño antisocial, enfermo, que no ha tenido la oportunidad de desarrollar un buen “ambiente interno” necesita absolutamente un control exterior para sentirse feliz, para poder jugar o trabajar.

Se le puede hacer psicoterapia personal, o bien proporcionarles un ambiente firme y estable con cuidado y amor personales, y aumentar gradualmente la dosis de libertad. En realidad, sin esto último, no es probable que la psicoterapia personal tenga éxito. 

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