Deprivación, Delincuencia y Tendencia Antisocial

Winnicot, D: "Deprivación y delincuencia" Segunda Parte, Cap. 14; La tendencia antisocial. Paidós, Bs.As, 2005.

Cap. 14: La tendencia antisocial

[Trabajo leído ante la Sociedad Psicoanalítica Británica el 20 de junio de 1956]

La tendencia antisocial se puede estudiar tal como aparece en el niño normal o casi normal, en quien se relaciona con las dificultades inherentes al desarrollo emocional.

He observado como fracasan en el psicoanálisis de los niños antisociales los analistas de cualquier orientación. El psicoanálisis solo tenía sentido como tratamiento adicional ulterior.

En cambio, podemos tratar una tendencia antisocial, si la terapia es complementaria de una asistencia ambiental especializada.

Esta tendencia no es un diagnostico, ni admite una comparación directa con otros términos de diagnostico tales como neurosis y psicosis. Se la puede encontrar en un individuo normal o en una persona neurótica o psicótica. Aparece a cualquier edad, si bien, para mayor simplicidad, me referiré únicamente a los niños antisociales.

Un niño se convierte en niño deprivado cuando se lo depriva de ciertas características esenciales de la vida hogareña. Emerge hasta cierto punto lo que podría llamarse el “complejo de deprivación”. El niño manifiesta entonces una conducta antisocial en el hogar o en un ámbito más amplio. La tendencia antisocial del niño puede imponer, con el tiempo, la necesidad de considerarlo un inadaptado social y ponerlo bajo tratamiento en un albergue para niños inadaptados o llevarlo ante la justicia como un menor ingobernable. El niño, convertido ahora en delincuente, quedara en libertad condicional por orden judicial o será enviado a una escuela de readaptación social. Si estas medidas no dan resultado, puede decirse que el joven adulto se ha convertido en psicópata; quizá la justicia lo envié a un correccional o a la cárcel, según correspondiere su edad. El termino reincidencia designa la tendencia establecida a repetir los actos delictivos.

Todo este léxico no se refiere en absoluto al diagnóstico psiquiátrico del individuo.

La tendencia antisocial se caracteriza por contener un elemento que compele al ambiente a adquirir importancia. Mediante impulsos inconscientes, el paciente compele a alguien a ocuparse de su manejo.

La tendencia antisocial implica una esperanza. La falta de esperanza es la característica básica del niño deprivado que, por supuesto, no se comporta constantemente en forma antisocial, sino que manifiesta dicha tendencia en sus periodos esperanzados.

Comprender que el acto antisocial es una expresión de esperanza constituye un requisito vital para tratar a los niños con tendencia antisocial manifiesta. El tratamiento adecuado no es el psicoanálisis, sino el manejo: debemos ir al encuentro de ese momento de esperanza y estar a la altura de él.

Cuando existe una tendencia antisocial ha habido una verdadera deprivación y no una simple privación. En otras palabras, el niño ha perdido algo bueno que, hasta una fecha determinada, ejerció un efecto positivo sobre su experiencia y que le ha sido quitado; el despojo ha persistido por un lapso tan prolongado, que el niño ya no puede mantener vivo el recuerdo de la experiencia vivida.

Presenta siempre dos orientaciones. Una es el robo y la otra por la destructividad. Mediante el primero, el niño busca algo en alguna parte y, al no encontrarlo, lo busca por otro lado si aún tiene esperanzas de hallarlo. Mediante la segunda, el niño busca el grado de estabilidad ambiental capaz de resistir la tensión provocada por su conducta impulsiva; busca un suministro ambiental perdido, una actitud humana en la que el individuo pueda confiar y que, por ende lo deje en libertad para moverse, actuar y entusiasmarse.

El robo va asociado a la mentira y ambos ocupan el centro de la tendencia antisocial.

El niño que roba un objeto no busca el objeto robado, sino a la madre, sobre la que tiene ciertos derechos.

La búsqueda de objeto y la conducta provocante, las compulsiones libidinales y las agresivas, se unen dentro del niño y esa unión representa una tendencia a la autocuración, entendiéndose por tal la cura de una de-fusión de los instintos.

Cuando en el momento de la deprivación original hay cierta fusión de las raíces agresivas (o de la hostilidad) con las libidinales, el niño reclama a la madre valiéndose de un comportamiento mixto –roba, miente, hace daño, arma líos- que varia conforme a los detalles específicos de su estado de desarrollo emocional. A menor fusión corresponde una mayor separación entre la búsqueda de objeto y la agresión, así como un mayor grado de disociación en el niño. De esto se infiere que la capacidad de causar fastidio observada en el niño antisocial es una característica esencial y, en el mejor de los casos, favorable, por cuanto indica una vez más la posibilidad de recobrar la perdida fusión de las emociones libidinales y motilidad.

La voracidad es un síntoma antisocial muy común, estrechamente ligado a la inhibición del apetito. Si estudiamos la voracidad encontraremos el complejo de deprivación.

El impulso de amor primitivo (pre-compasivo) no es idéntico a la voracidad incompasiva. En el proceso de desarrollo del bebe, los separa la adaptación de la madre. Esta fracasa forzosamente en su empeño por mantener un alto grado de adaptación a las necesidades del ello, con la consiguiente posibilidad de que todo infante se vea deprivado hasta cierto punto; no obstante, el bebe es capaz de inducir a su madre a que le cure esta subdeprivación atendiendo a su voracidad, su tendencia a hacer barullo y armar líos, y demás síntomas de deprivación. La voracidad del niño forma parte de su búsqueda compulsiva de una cura que provenga de la misma persona (la madre) que causo su deprivación. Esta voracidad es antisocial y precursora del robo; la madre puede atenderla y curarla mediante su adaptación terapéutica, tan fácilmente confundida con la indulgencia excesiva.

A menudo se concibe el amor materno en función de esta actitud indulgente que, en realidad, es una terapia con respecto a una falla del amor maternal.

En la base de la tendencia antisocial hay una experiencia temprana que se ha perdido. El bebe ha adquirido la capacidad de percibir que la causa del desastre radica en una falla ambiental; esta es, sin duda, una característica fundamental de la tendencia antisocial. El conocimiento correcto de que la depresión o desintegración obedece a una causa externa, y no interna, provoca la distorsión de la personalidad y el afán de buscar una cura por medio de una nueva provisión ambiental. El grado de madurez del yo que este tipo de percepción posibilita hace que se desarrolle una tendencia antisocial, en vez de una enfermedad psicótica.

Parecería que la deprivación original acontece durante el periodo en que el yo del infante o niño de corta edad está en vias de fusionar las raíces libidinales y agresivas (o de la motilidad) del ello. En el momento de esperanza el niño hace lo siguiente:

  1. Percibe un nuevo medio, dotado de algunos elementos confiables.
  2. Experimenta un impulso que podríamos llamar de búsqueda de objeto.
  3. Reconoce que la incompasión está a punto de convertirse en una característica.

Por consiguiente, agita el ambiente que lo rodea, en un esfuerzo por inducirlo a mantenerse alerta frente al peligro y organizarse para tolerar el fastidio que él le cause.

Si la situación persiste, debe poner a prueba una y otra vez la capacidad de ese ambiente inmediato de soportar la agresión, prevenir o reparar la destrucción, tolerar el fastidio, reconocer el elemento positivo contenido en la tendencia antisocial, y suministrar y preservar el objeto que ha de ser buscado y encontrado.

En la etapa siguiente el niño tiene que ser capaz de experienciar la desesperación dentro de una relación, en vez de limitarse exclusivamente al sentimiento de esperanza.

En suma, el psicoanálisis no es el tratamiento indicado para la tendencia antisocial. El método terapéutico adecuado consiste en proveer al niño de un cuidado que él pueda redescubrir y poner a prueba, y dentro del cual pueda volver a experimentar con los impulsos del ello. La terapia es proporcionada por la estabilidad del nuevo suministro ambiental. Los impulsos del ello solo cobran sentido si el individuo los experimenta dentro del marco de las relaciones del yo; cuando el paciente es un niño deprivado, las relaciones del yo deben obtener el soporte de la relación con el terapeuta. Según la teoría aquí expuesta, el ambiente es el que debe proporcionar una nueva oportunidad para las relaciones del yo, por cuanto el niño ha percibido que su tendencia antisocial se origino en una falla ambiental en el soporte del yo.

Si el niño es un paciente psicoanalítico, el analista tiene dos alternativas:

1) hacer posible que la transferencia cobre peso fuera del marco analítico;

2) prever que la tendencia antisocial alcanzara su máxima potencia dentro de la situación analítica y estar preparado para soportar el impacto.

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