Mas allá del principio de placer (I parte)

Las Lecciones del Profesor Juan Carlos Cosentino

Juan Carlos Cosentino: Capitulo I de Mas allá del principio de placer en Puntuaciones Freudianas de Lacan: Acerca de Mas allá del principio de placer. Compiladores: J.C. Cosentino y D.S. Rabinovich. Centro de Estudiantes de Psicología (UBA) Ed. Manantial, Buenos Aires, 1992.

Párrafos Seleccionados:

Una primera definición que Freud da sobre el principio de constancia (1893): “si un ser humano experimenta una impresión psíquica en su sistema nervioso, se acrecienta algo que, por el momento, llamaremos suma de excitación”. Y agrega: “en todo individuo, para la conservación de su salud, existe el afán de volver a empequeñecer esa suma de excitación”.

En Mas allá del principio de placer, Freud comenta: “en la teoría psicoanalítica adoptamos sin reserva el supuesto de que el decurso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio de placer -ahora ya no habla del principio de constancia sino de principio de placer-, vale decir –sigue- creemos que en todos los casos lo pone en marcha una tensión displacentera y después adopta tal orientación que su resultado final coincide con una disminución de aquella”. Y culmina: “esto es con una evitación de displacer o una producción de placer”. La producción de placer o ganancia de placer, introduce una modificación con el texto de 1893.

Una vez que Freud dice que los procesos anímicos son regulados automáticamente por el principio de placer y que su orientación es disminuir la tensión displacentera y producir placer, comenta en un momento determinado –se trata de algo que no es fácil de articular teniendo en cuenta que en este capítulo I intenta introducir el mas allá: “el primer caso de una tal inhibición del principio de placer no es familiar; tiene el carácter de una ley. Sabemos que el principio de placer es propio de un modo de trabajo primario del aparato anímico –es decir, lo conecta con el proceso primario- desde el comienzo mismo inutilizable y aun peligroso en alto grado para la autopreservación del organismo en medio de las dificultades del mundo exterior. Bajo el influjo de las pulsiones de autoconservacion del yo, este principio de placer es revelado por el principio de realidad, que, sin resignar el propósito de una ganancia final de placer, exige y consigue posponer la satisfacción, renunciar a diversas posibilidades de lograrla y tolerar provisionalmente el displacer en el largo rodeo hacia el placer”.  Y agrega: “el principio de placer sigue siendo todavía por largo tiempo el modo de trabajo de las pulsiones sexuales, difíciles de educar, y sucede una y otra vez que, sea desde estas últimas, sea en el interior del mismo yo, prevalece sobre el principio de realidad en detrimento del organismo en su conjunto”.

Entonces, surge una primera complicación. Pues en este mismo capítulo Freud señala que, en verdad, es incorrecto hablar de un imperio del principio de placer sobre el decurso de los procesos anímicos. ¿Por qué? Pues, por una parte, la mayoría de los procesos anímicos, si así fuera, tendrían que ir acompañados de placer homeostático o llevar a él. Y por otra parte, porque se van a agregar dos elementos esenciales. En primer lugar, lo que el analizante repite se opone al principio de placer, y en segundo lugar, la compulsión a la repetición se conecta, se articula con la pulsión de muerte.

Veamos si aplicando esta concepción de la experiencia de satisfacción, sobre estos problemas que nos plantea el capítulo I, podemos encontrar algún orden y alguna transparencia.

Va a establecer una distinción entre la satisfacción de la necesidad y la realización o cumplimiento de deseo. ¿Qué es la satisfacción de la necesidad? La satisfacción de la necesidad lleva a la acción específica, que sobreviene, se resuelve por el auxilio ajeno cuando el chico berrea. Un individuo experimentando –señala Freud- advierte el estado del niño y opera el trabajo de la acción específica cancelando el estimulo endógeno.

Bien, Freud aclara que solo puede producirse un cambio cuando, por algún camino –en el caso del niño por el cuidado ajeno- se hace la experiencia de la vivencia de satisfacción que cancela el estimulo interno.

La función de comunicación –secundaria en relación con la descarga- depende de la imposibilidad del niño, en relación con el desamparo inicial, de ejecutar la acción específica por sí solo.

La acción específica con el desamparo y la mediación del otro se transforma en fuente de comunicación (y en fuente de “motivos morales”). Entonces, la acción específica, apoyada en el arco reflejo, sobrepasa dicha dimensión de descarga motriz refleja y gira. Desde el comienzo, pues, la introducción de la subjetividad separa la satisfacción de la necesidad de la realización de deseo.

La realización de deseo lleva a la identidad de percepción, marco y regla de la alucinación de deseo.

Esta distinción que Freud establece implica de entrada una ruptura entre el sujeto y el objeto en la satisfacción humana.

El objeto, a partir de allí, queda ubicado de otra manera: se va a constituir en el objeto perdido. Y, en tanto tal, dicho objeto ya no responde más a la satisfacción de la necesidad. Y no solo no responde más a la satisfacción de la necesidad, sino que introduce otra manera distinta de “satisfacción” cuyo correlato es el sujeto del inconsciente, vale decir, el sujeto mismo en los llamados procesos inconscientes.

La identidad de percepción, marco de esta nueva “satisfacción” –la realización o cumplimiento de deseo-, no concuerda con la convergencia entre el organismo y su medio ambiente.

La realización de deseo aleja al sujeto de la vía de la satisfacción. No solo lo aleja sino que lo lleva a un arranque que es ineficaz desde el punto de vista adaptativo, un arranque que va a estar marcado por la repetición.

Este arranque, este punto de partida ineficaz adaptativamente, marcado por la repetición, introduce una búsqueda. ¿Qué búsqueda? De una percepción primera que tiene como referente, que tiene como marco una mítica primera vez, un mítico primer encuentro entre sujeto y objeto de “satisfacción”.

Volver a evocar esa percepción (la nutrición en nuestro ejemplo) es el fin propio de la realización de deseo. Freud comenta: “la reaparición de la percepción es el cumplimiento de deseo”- la forma en que el deseo se cumple, meta a la cual llama identidad de percepción. “Esta primera actividad psíquica –añade Freud- apuntaba entonces a una identidad perceptiva –algo perceptivamente idéntico a la “vivencia de satisfacción”- o sea repetir aquella percepción que esta enlazada con la satisfacción de la necesidad”.

Sin embargo, la realización de deseo se cumple cuando reaparece la percepción, pero su marco específico es la alucinación. La alucinación no en el sentido psicótico, sino la alucinación que se da en el sueño.

Esta diferencia entre la satisfacción de la necesidad y la realización de deseo, introduce una apertura, una hendidura, una hiancia entre el señuelo obtenido de la percepción que la alucinación produce (la alucinación especifica de la realización de deseo) y, por otro lado, el objeto de satisfacción de la necesidad.

En su sentido progrediente se basa en el arco reflejo. Cuando la invierte, vale decir, un movimiento distinto del arco reflejo de la descarga, no es solamente un inversión que hace de la dirección. Esta inversión que hace, trastrueca la adaptación, porque vía regrediente va a emerger, se va a investir la huella mnémica de la mítica experiencia de satisfacción.

Dicha huella, que tiene el valor de señuelo -o sea un artificio para atraer-, desplaza la acción específica e instaura otra dimensión, que es la memoria o rememoración alucinatoria.

La alucinación en esta situación se va a referir siempre a una huella mnémica específica, vale decir, como señala Freud, “restablecer la situación de la satisfacción primera”: la de la experiencia mítica de “satisfacción”. De allí –añade- “que un impulso de esa índole es lo que llamamos deseo y la reaparición de la percepción –como señuelo- es el cumplimiento de deseo”. Esta rememoración procura, intenta, la repetición de una percepción imposible que la alucinación finge pero no logra, no consigue, y viene en ese lugar a dar cuenta de ese punto de perdida.

Por lo tanto, la memoria freudiana que introduce la experiencia de satisfacción, a partir de esta huella, no es la memoria del organismo. Hay un cambio de registro. Al producirse dicho cambio, la memoria freudiana introduce una nueva perspectiva del placer. Esta nueva perspectiva del placer quiebra el marco de la homeostasis, rompe el marco de la homeostasis del organismo e impone al aparato el placer de desear.

Esta es para Freud una de las caras del deseo indestructible unido a la hiancia que introduce en la estructura esa nueva posición del objeto en juego en el nivel del proceso primario. Insisto entonces, este cambio de registro implica que no se trata de la memoria del organismo y que hay una nueva perspectiva del placer que no es un placer homeostático y que impone el placer de desear.

En el Seminario VII, Lacan señala que con la experiencia de satisfacción se produce para el sujeto humano un arranque desgraciado, un arranque desdichado. ¿Por qué? Porque dicho arranque desgraciado esta unido al hecho de que el sujeto humano solo puede alucinar su primera mítica satisfacción.

En la medida en que el sujeto humano se sitúa y se constituye en relación con ese arranque desdichado, se produce en dicho sujeto esa ruptura, esa división, esa Spaltung en el nivel de la cual se ubica la tensión del deseo: “un impulso psíquico que querrá investir de nuevo la imagen mnémica de aquella percepción y producir otra vez la percepción misma, vale decir, en verdad, restablecer la situación de la satisfacción primera”.

Pero si se trata del deseo alucinatorio en el acto, se vuelve evidente que el sueño es un cumplimiento de deseo, puesto que solo un deseo puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico. “El sueño cumple sus deseos por el corto camino regrediente, no ha hecho sino conservarnos un testimonio del modo de trabajo primario de nuestro aparato anímico”.

Entonces, este principio de placer, modo primario del aparato anímico y modo de trabajo de las pulsiones sexuales, permite una nueva perspectiva del placer que quiebra el marco de la homeostasis –del organismo- y que impone y, en tanto tal, sostiene el placer de desear.

Que no puede hacer otra cosa que desear indica que el aparato psíquico tiene hambre –partíamos de la satisfacción de la necesidad-. Pero con este giro que se produce, tiene hambre de signos.

El objeto, una vez que se produjo este desvió de la satisfacción de la necesidad a la realización de deseo, aparece como no hallable, como perdido, no es complemento del sujeto, no hay un sujeto que va al encuentro de un objeto y se conjuga con él.

En este desvió que se produce de la satisfacción de la necesidad a la realización de deseo, no hay complementariedad entre el sujeto y el objeto. El objeto queda perdido, se ubica en una nueva posición, el sujeto alucina vía realización, el deseo sostiene este movimiento y el objeto no aparece.

La contraparte de la vivencia de satisfacción, que es la vivencia de terror frente a algo exterior. Y la fuente de la vivencia de terror es el dolor.

En la experiencia de dolor –lo que en La interpretación de los sueños llama experiencia de terror- que es el otro polo del objeto (un polo es la experiencia de satisfacción y el otro polo es la experiencia de dolor), va a dejar también signos: la imagen mnémica de dicho objeto hostil (en el otro polo tenemos la imagen mnémica del objeto de deseo). Dicha huella lleva directamente a la descarga cuando el displacer, sobrepasado cierto límite, alcanza el umbral del dolor: “es indiscutible –señala- que el dolor posee una cualidad particular, que se hace reconocer junto con el displacer”. Se crea una forma de fuga, con esta experiencia de dolor, que sustituye la fuga motriz, que Freud denomina defensa primaria refleja, que obtiene la descarga a traves del establecimiento de cargas laterales “por desprendimiento repentino”.

Los restos, para la experiencia de de dolor, son los afectos y para la experiencia de satisfacción, los estados de deseo; común a ambos restos es contener una elevación de la tensión.

Del estado de deseo se sigue directamente una atracción hacia el objeto de deseo, respectivamente –aclara- su huella mnémica; de la vivencia de dolor resulta una repulsión,  una desinclinación a mantener investida la imagen mnémica hostil, hay una repulsión a mantenerla cargada, investida. Son estas, para Freud, la atracción de deseo primaria y la defensa primaria.

Retornemos al capítulo I de Mas allá…: “el relevo, la sustitución del principio de placer por el principio de realidad puede ser responsabilizado solo de una pequeña parte, y no la más intensa, de las experiencias de displacer”.

Hay otra fuente. ¿Cuál es esta otra fuente? Esta otra fuente surge de los conflictos y escisiones que se han producido en el aparato anímico mientras el yo recorre su desarrollo. Acontece –añade- repetidamente que ciertas pulsiones o partes de pulsiones se muestran, ya sea por sus metas, ya sea por sus requerimientos, inconciliables con las restantes que pueden conjugarse en la unidad del yo.

Vale decir, algunas no se conjugan en esta unidad: el yo narcisista, homeostático. Son separadas, son segregadas, pues, de esa unidad por el proceso de la represión, se las retiene y se les corta, en un comienzo, la posibilidad de alcanzar satisfacción. Y si luego consiguen procurarse por ciertos rodeos una satisfacción directa o sustitutiva, es sentido por el yo -concluye- como displacer.

Introduce el displacer del lado del yo.

La primera ruptura se relaciona con esa nueva perspectiva del placer que quiebra el marco de la homeostasis del organismo y que impone al aparato el placer de desear, aunque este deseo, por el punto de partida, no puede encontrar el objeto que esta estructuralmente perdido.

El principio de placer –como señalamos- queda ubicado, se sitúa del lado de aquella ficción que constituye su meta propia. Y dicha ficción, que racionaliza lo imposible producido como objeto perdido, otorga a esa nueva realidad –la realidad psíquica- un marco de equilibrio diferente -con ese placer de desear que le impone al aparato- a la homeostasis del organismo.

Un fragmento de vida olvidado –a diferencia de la definición que el diccionario da del olvido- es así revivido, el cual, en el lugar del recuerdo que falta, servirá para fundar la convicción del analizante. No puede ser recordado, cae el psicoanálisis como una teoría del recuerdo, dicho fragmento revivido sirve para fundar la convicción del analizante sobre la existencia del inconsciente.

¿Dónde ubicar, ahora, la resistencia que se opone a la rememoración? En 1914 –“Recordar, repetir y reelaborar”- la compulsión de repetición le pone un límite al trabajo del recuerdo.  El retorno de lo reprimido bajo forma de rememoración halla un límite, un término a su avance como resistencia (allí surge la repetición como obstáculo, se trata del agieren).

La resistencia emerge aquí como la ausencia de recuerdos que corroboren la interpretación o la construcción del analista. Si esto ocurre, si hay ausencia de recuerdos “no adquiere convencimiento ninguno sobre la justeza de la construcción que se le comunico”. Si con la construcción no hay recuerdos asociativos, no hay convicción.

Dicha resistencia es inconsciente, aunque no viene del inconsciente. Lo reprimido no ofrece resistencia alguna a los esfuerzos de la cura; -con Lacan, Seminario II –no solo no resiste, sino que insiste. Y aun no aspira a otra cosa que a emerger, a irrumpir hasta la conciencia. El inconsciente no resiste, repite.

En tanto que inconsciente, la resistencia debe ser relacionada con el yo, instancia que Freud opone aquí, iniciando su segunda tópica, con lo reprimido inconsciente.

La resistencia del yo consciente y preconsciente está al servicio del principio de placer: quiere ahorrar el displacer que se excitaría por la liberación de lo reprimido, lo que habíamos llamado con ese cambio que se producía a partir de la experiencia de satisfacción, el placer de desear.

“El displacer que se excitaría por la liberación de lo reprimido” es el displacer que se excita por la libración del desear cuando el primer sistema “no puede hacer otra cosa que desear”. El placer de desear, la tensión del deseo, es displacentero para el yo.

Es claro que lo que la compulsión de repetición hace revivenciar no puede menos que provocar displacer al yo, puesto que saca a luz operaciones de impulsos pulsionales reprimidos.

¿Se puede decir entonces que hay oposición entre la repetición y el principio de placer?

No, responde Freud, pues este displacer no hace más que confirmar el postulado que resume el modo de funcionamiento del inconsciente; “no contradice al principio de placer, es displacer para un sistema –el yo- y, al mismo tiempo, satisfacción para el otro –el inconsciente-.”

Vale decir, lo que causa displacer en un sistema es causa de placer para el otro.

Se trata, hasta aquí, de los deseos inconscientes censurados por el yo, evocados por la compulsión de repetición.

Estos deseos inconscientes convocados por la repetición y censurados por el yo, evocan, como decíamos hace un momento, que el primer sistema, el proceso primario, no puede hacer otra cosa que desear.

La repetición como irrupción de lo traumático, como irrupción del goce de la perdida (porque esa pérdida no es sin resto) invade los procesos inconscientes mismos.

Entonces, el proceso primario –del cual partimos- que impone el placer de desear, a su vez, es una defensa frente a la irrupción traumática y a la irrupción de goce anti homeostático que no puede impedir la emergencia de lo no ligado, que no puede terminar de ligarlo.

“La expresión ´traumática´ no tiene otro sentido que ese, el económico. La aplicamos a una vivencia que en un breve lapso provoca en la vida anímica un exceso tal en la intensidad de estimulo que su tramitación o finiquitación por las vias habituales y normales fracasa, de donde, por fuerza, resultan trastornos duraderos para la economía energética”.

Con Lacan se tratara de una economía del goce que implica una energía que le es propia. De allí que el valor de goce se desplaza en el nivel del proceso primario, siendo el fundamento económico del inconsciente.

Vamos a leer en el capítulo III de Mas allá…que “el hecho nuevo y asombroso que ahora debemos describir es que la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones –impulsos- pulsionales reprimidos desde entonces…”

Aparece en el texto de Más allá… la contradicción con el principio de placer. Dicha contradicción se halla en otra parte, a saber, en el hecho que la compulsión de repetición evoca no solo deseos inconscientes censurados por el yo, sino aun experiencias, vividas en el pasado, que no supieron provocar placer a ningún nivel: particularmente –comenta Freud-, las decepciones ligadas a la disolución del Edipo donde no es el displacer del yo el que está en cuestión sino el sufrimiento debido al doloroso renunciamiento impuesto a la vida pulsional. Vale decir, sufrimiento, dolor, renuncia pulsional.

Bien, el carácter siempre marginal, desplazado, del afecto; este resto vinculado con el dolor –como vimos- puede irrumpir y penetrar subrepticiamente en el proceso primario, infiltrándolo. Y solo podemos contabilizarlo, registrar su distribución.

“La exigencia pulsional ante cuya satisfacción el yo retrocede aterrado, seria la masoquista, la pulsión de destrucción vuelta hacia la persona propia”. En ese sentido es no homeostática y no biológica.

De allí que “la modalidad de satisfacción que el síntoma aporta tiene en sí mucho de extraño… Es irreconocible para el sujeto que siente la presunta satisfacción más bien como un sufrimiento y como tal se queja de ella.”

Dicha segunda ruptura no solo introduce la irrupción económica o de goce, también –lo retomaremos- redefine la experiencia de satisfacción como perdida inaugural de goce.

  • Continuar con la lección 2: 

http://www.saludypsicologia.com/posts/view/254/name:Mas-Alla-del-Principio-del-Placer-II-parte

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