Mas Allá del Principio del Placer (II parte)

Párrafos seleccionados de Diana S. Rabinovich: “La Experiencia de satisfacción en su articulación con el mas allá del principio del placer en los Seminarios II y VII”, en Puntuaciones freudianas de Lacan: Acerca de Mas allá del principio de placer. Compiladores: J.C. Cosentino y D.S. Rabinovich. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1992.

La identidad de percepción ocupa el lugar de la llamada por Freud “acción específica” en el Proyecto de una psicología para neurólogos. La acción específica es allí definida como la suma de acciones concretas y especificas que culminan en la satisfacción de la necesidad biológica.

La experiencia de satisfacción, en su propio carácter mítico, es aquella experiencia que, operando sobre el cuerpo del ser humano, lo transforma en un “hablanteser”. Esta transformación entraña la perdida de la acción específica, vale decir, de la naturalidad de la satisfacción de la necesidad, la cual es sustituida por la satisfacción alucinatoria de la identidad de percepción propia del proceso primario.

De esta manera, la experiencia de satisfacción míticamente instala una forma de satisfacción antivital, antinatural, antiadaptativa desde la perspectiva del instinto animal.

Surge entonces una forma de hambre, a la que Lacan, de manera muy pertinente, califica como “hambre de signos”, pero no de cualquier signo, son signos con menú, “signos de presencia” de ese objeto que en realidad nunca se tuvo, pero que retroactivamente se cree haber poseído alguna vez.

De esta manera, vemos que Lacan subraya una modalidad de pensar el aparato freudiano en su originalidad propia. Aceptar esa originalidad es concebirlo no como indicador de una inmadurez del organismo, de un supuesto primitivismo del aparato, sino como introduciendo por medio del significante la estructura misma de la ficción como inseparable del concepto de deseo inconsciente.

La satisfacción que puede conjugarse con la realización del deseo no es la satisfacción de la necesidad. Ese aparato psíquico que Freud caracteriza por el placer de desear, que se rige por una lógica que depende del significante y que, por ende, introduce una necesidad acorde con dicha lógica, una necesidad propia del significante introducido por ese Otro inolvidable que mencionaba anteriormente –siendo en cambio la necesidad biológica coherente con una lógica de la vida, como lo dice el propio termino de biología-, produce por su funcionamiento mismo de acuerdo con la leyes del proceso primario, algo que Freud califica como ganancia de placer.

Esa ganancia de placer es, pues, inseparable de la experiencia de satisfacción y se produce como un excedente, como un añadido de placer, Lust en alemán, que acompaña la realización del deseo.

La satisfacción es precisamente ese plus de placer que se produce, plus que la realización hace posible. Esta diferencia le permite a Lacan separar la realización del deseo de la satisfacción.

La dimensión de la satisfacción tiene un nombre en Lacan: el goce. De este modo la ganancia de placer, que Lacan en este contexto traduce como goce, como ganancia de goce, hace a la satisfacción solidaria de la pulsión.

La triada clásica de la enseñanza de Lacan en su primera época es necesidad biológica, demanda y deseo. Por lo tanto, en el Seminario II encontramos que la necesidad biológica es articulada con lo real –definido allí como lo exterior a la experiencia analítica-, la satisfacción pulsional se sitúa en el circuito a-a´ y se articula con lo imaginario y, por último, el deseo y su realización se articulan con lo simbólico.

A su vez, el principio del placer es situado fundamentalmente en el nivel de la biología, introduciéndose el deseo, en tanto que subversión de la homeostasis del organismo, como el mas allá del principio del placer. El deseo es articulado en términos de cadena significante cuya insistencia misma funda la repetición. El mas allá es, pues, solidario de la dimensión de lo simbólico.

El deseo remite a esa realidad peculiar que Freud denomino “realidad psíquica”. Cito a Lacan: “Si la realidad psíquica existe, es en la medida en que hay organización interna que tiende a oponerse al paso libre e ilimitado de las fuerzas y las descargas energéticas. (…) Se mantiene en cierto equilibrio por efecto de un mecanismo que Freud no disponía y que se llama homeostasis, que amortigua y tempera la irrupción de las cantidades de energía”.

Entonces, la inercia de la homeostasis tiende a mantener el nivel de excitación según las exigencias de equilibrio del organismo. El sistema inconsciente será caracterizado no por su inercia, sino por su insistencia, la cual subyace, funda, el automatismo de repetición.

En este Seminario, por tanto, el más allá simbólico, la cadena simbólica en su insistencia inconsciente, irrumpe alterando el equilibrio homeostático del organismo, de las necesidades.

La metonimia deseante es idealizada, infinitizada, adquiriendo, es este un comentario de Lacan, un matiz cuasi religioso. Este carácter volátil, eterio del deseo es equilibrado por la introducción harto corpórea del goce. A la triada necesidad, demanda y deseo se le sustituye la triada goce, demanda y deseo.

Esta nueva triada entraña una redefinición de lo real. La primera definición de lo real como exterior a la experiencia analítica, como aquello que escapa al significante, no desaparece. Sobre ese real el psicoanálisis no puede operar. Se estructura así un real interno al sistema significante, al psicoanálisis, un real que la acción analítica puede alcanzar. Ese real interno al sistema significante, producto de dicho sistema, es precisamente el goce definido como satisfacción de una pulsión.

El goce no es una satisfacción natural, es una satisfacción propia de un cuerpo atravesado por el significante, es una satisfacción producto del significante, que a la vez escapa al sistema significante que lo produjo.

La energía ligada, propia del proceso primario como tal, es coextensiva al deseo inconsciente, es la energía que queda capturada en los circuitos facilitados de las representaciones, de las huellas mnémicas. Por otra parte, la energía libre, no ligada, es producto precisamente del funcionamiento de esas huellas, de esos circuitos facilitados, que produce una efracción de los mismos. Es decir, funciona igual que la energía no ligada freudiana.

En este punto, debemos volver a algo que ya dijimos, a la ganancia de placer, Lust, que se produce en la satisfacción dependiente de la realización del deseo, ganancia de placer cuya traducción lacaniana será plus de gozar. Desde este ángulo, el goce presenta dos rostros. Por un lado, es el exceso de cantidad, lo que irrumpe, inunda al sujeto. Por otro, es solidario de ese objeto originariamente perdido que sería la fuente de la satisfacción pulsional, si esta fuese posible para el sujeto hablante. Marca la pérdida estructural de la complementariedad del sujeto con el objeto en la satisfacción natural. Esa satisfacción natural perdida solo se recuperara parcialmente, más aun, toda satisfacción será siempre parcial, cosa implícita en el concepto mismo de pulsión parcial de Freud.

Toda reaparición de la satisfacción en forma masiva no produce placer, sino más bien angustia. Pero, la cuestión a retener es que el goce se produce, se pierde y se gana, se recupera como ganancia de goce y, en este punto precisamente, se sitúa el problema de la articulación del deseo con el goce.

La articulación entre deseo y goce entraña que el goce pueda ser incluido en los circuitos facilitados del deseo. Así, para Lacan, la realización del deseo conlleva siempre una ganancia, una recuperación de goce, de ese goce que se perdió originariamente por la captura del cuerpo en el Otro del significante. Por eso, la perdida originaria producto de dicha captura no es únicamente la perdida de la naturalidad vinculada con la satisfacción de la necesidad, es, asimismo, perdida de goce en el cuerpo.

La energética freudiana, su dimensión económica, deviene en la enseñanza de Lacan una economía política del goce. Es una economía, porque el goce se produce y es factible perderlo o ganarlo. Es una política, porque la producción, la ganancia y la pérdida se inscriben necesariamente en una estructura de discurso.

En realidad, el equilibrio o su ruptura varían en función de la estructura que se tome en consideración. En el Seminario II, el contrapunto se esboza entre lo real del cuerpo biológico y el deseo inconsciente determinado por la estructura de lo simbólico. En el Seminario VII, el contrapunto es totalmente interno al psicoanálisis mismo y se esboza entre lo real del goce del cuerpo y lo simbólico del deseo. Observen entonces que lo real, ahora interno al psicoanálisis, deviene en el más allá del principio del placer, mientras que el deseo se articula con la homeostasis del placer en la medida en que ella es la forma peculiar propia del sistema simbólico mismo. Cabe hablar entonces de una “homeostasis psíquica” que en sí misma, empero, es un mas allá de la homeostasis orgánica.

Desde esta perspectiva, el deseo es un jinete que cabalga simultáneamente en dos corceles: el del más allá y el del placer. Por un lado, satisface el principio del placer, en función de esa “homeostasis psíquica” que le es propia. Con ella se relacionan las ficciones del deseo a las que ya me referí. Recuerden que, al referirme a la experiencia de satisfacción, señale como esta creaba un sistema ficticio, significante, un hambre de signos. Estas ficciones son, a su vez, inseparables de algo que solo el significante introduce en el mundo: la verdad y la falsedad. Por eso Lacan insistirá en la estructura de ficción de la verdad, en tanto la verdad es solidaria del sistema significante.

Lo real del goce es producto del significante, de lo simbólico, pero un producto que luego escapa a lo simbólico mismo, que este no llega a reabsorber nunca completamente. Dicho real, por eso, vuelve y vuelve, como dice Lacan, siempre al mismo lugar. Ese volver siempre al mismo lugar es precisamente uno de los modos en que lo real se articula con la repetición.

Pero lo real es también definido por Lacan como lo imposible en sentido lógico. Este imposible es un imposible estructural, no es una contingencia de la historia, es el marco de toda historia. Lo real como imposible en el ser hablante es inseparable de la naturalidad perdida, de la complementación del sujeto con el objeto en la necesidad biológica, de la no complementariedad entre los sexos que la experiencia analítica descubre bajo la forma de la castración y el objeto parcial. No podemos volver a la “naturalidad” pues, una vez que somos presa del sistema significante, ella se pierde para siempre, es imposible de recuperar. Ese real del goce es el otro corcel sobre el que cabalga el deseo.

La verdad es solidaria de la palabra, la cual puede mentir o no mentir. Lo real, en cambio, no miente ni deja de mentir, precisamente porque escapa a la palabra y al lenguaje, aunque sea su producto.

Lo real del psicoanálisis no es la materialidad y la existencia de los objetos del mundo, que sin duda existen. Tampoco es la realidad psíquica cuya verdad se funda en las ficciones del deseo. Lo real son los puntos de imposible que deja en el ser hablante su captura por el sistema simbólico. Lo imposible no es aquí tampoco un imposible abstracto, absoluto. Se delimita en función de los impasses que el sistema simbólico presenta y, para ser más precisa, que presenta allí donde produce la mortificación del cuerpo vivo.

Las ficciones verdaderas del deseo, desde este ángulo, se adecuan al principio del placer, constituyen la trama de esa realidad psíquica a la que el sujeto se “adapta”, desadaptandose de la necesidad biológica. El principio de realidad, como bien lo señalo Freud, no indica más que los rodeos a seguir para mantener la homeostasis, no es sino principio del placer demorado.

En tanto psicoanalistas, trabajamos en las ficciones verdaderas más íntimas y propias de cada sujeto, es decir, su deseo inconsciente y en modo alguno podemos desconocer que hay ficciones verdaderas socialmente compartidas, susceptibles de ser generalizadas, cosa que no ocurre con las ficciones que se descubren en la cura psicoanalítica.

Lo real como imposible lógico es, precisamente, lo que Freud ya había señalado en su artículo “La negación”, con términos casi idéntico: el principio de realidad busca encontrar lo que es imposible volver a encontrar.

El goce es siempre goce de un cuerpo. Y, precisamente, el deseo se realiza para Lacan en grado máximo cuando logra articularse de manera justa con el logro de la satisfacción, vale decir, del goce.

Para Lacan, el deseo inconsciente es siempre deseo del Otro. De esta manera, realizar el deseo es realizar el deseo como deseo del Otro. Lo que definimos como lo mas intimo, lo mas particular de cada sujeto es ahora ajeno, si efectivamente el deseo es el deseo del Otro.

El deseo como deseo del Otro, transforma al Otro del código, al Otro del significante, en un deseante y por ello Lacan lo escribe A barrado y, por ende, dividido. El deseo inconsciente de cada sujeto apunta, pues, a ser objeto de ese deseante que es el Otro, es deseo de ser deseado. Aquí surge el problema: que el Otro como deseante deja de ser garante, garante de lo que sea: del amor, del goce, del deseo, del bien, etc. Esta imposibilidad del Otro de ser garante es lo que Lacan denomina la castración del Otro.

Ahora bien, el deseo solo se realiza plenamente cuando la castración del Otro hace su aparición. Por ello, podemos pensar que las ficciones verdaderas del deseo, cuando se inclinan hacia el lado del placer, se sitúan en relación con un Otro no tachado, no castrado, incluso sostienen esa no castración del Otro. Por el contrario, cuando se inclinan hacia el lado del goce, se enfrentan con esa castración del Otro que es solidaria de su carácter deseante.

La realización del deseo conceptualizado como deseo del Otro es precisamente el más allá del principio del placer, la articulación del deseo con el goce. Por esta razón, Lacan puede decir en ese mismo seminario, que el espacio del deseo como deseo del Otro tiene dos límites: el Bien y la Belleza. Cruzar dichos límites es adentrarse en el más allá del principio del placer. Esta es para Lacan la absoluta originalidad del deseo inconsciente freudiano. ¿Por qué?

Freud toma como punto de partida que el soberano Bien –la expresión es platónica- está perdido por estructura, es imposible de recuperar. Esa pérdida es la perdida de la madre como objeto primordial, perdido, para ambos sexos, por obra de la ley primordial, la ley que prohíbe el incesto.

“Este es el fundamento, invertido, en Freud de la ley moral”. Porque el soberano Bien esta perdido, el sujeto volverá a buscarlo una y otra vez para nunca encontrarlo. Por ello, toda satisfacción alcanzada por el sujeto entraña siempre un “no era eso exactamente lo que quería”, pues la satisfacción nunca está a la altura de lo esperado, nunca pierde un cierto matiz de añoranza, de nostalgia.

En toda realización del deseo se hace actual una dimensión de pérdida de goce (la perdida de goce vital que la realización del deseo entraña) y una dimensión de recuperación de goce (una ganancia de goce, un goce otro, ajeno a lo biológico, articulado con el deseo del Otro). Nunca la realización del deseo es pura ganancia. Por ello, de manera ineludible, en todo análisis, el sujeto deberá hacer frente a una perdida actualizada de goce. No es otra cosa lo que Más allá del principio del placer enseña.

Frente al mas allá, a ese campo del deseo del Otro, el sujeto erige una barrera cuya eficacia es máxima, una barrera que permite inclinar al jinete del deseo hacia el lado del placer; esa barrera es lo que Lacan llamo fantasma primero y luego, con más precisión aun, fantasma fundamental.

El fantasma es explícitamente situado como lo que obtura el deseo del Otro. Es una suerte de “premio consuelo” de satisfacción y, de hecho, funciona como un consuelo para el sujeto frente a la no realización del deseo como deseo del Otro. Desde esta perspectiva, el fantasma sostiene al sujeto y también al deseo operando la obturación del Otro como deseante. El es, pues, una respuesta a lo que se supone el Otro desea del sujeto, respuesta precisamente que tapona ese deseo del Otro. Así situado, el fantasma, en tanto se articula con el deseo, es la realidad psíquica misma. Una realidad que encubre lo real del goce como imposible, vale decir, que encubre el más allá del principio del placer.

Lacan señala que el duelo configura un agujero en lo real, a diferencia de la castración que constituye un agujero en lo simbólico. Ya en el Otro histórico surge la vida del niño, agalma, objeto y falo a la vez, como lo que por excelencia encubre la falta. Lacan dice con toda precisión: “Solo hacemos el duelo de aquel cuya falta fuimos”. Lacan dice que llevamos al analizante hasta el borde de la acción moral, la decisión es suya.

Continuar con la lección 3:

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