Mas Allá del Principio de Placer (IX parte)

Párrafos seleccionados de Juan Carlos Cosentino: “Capítulo IV de Mas allá del principio de placer” en Puntuaciones Freudianas de Lacan: Acerca de Mas allá del principio de placer. Compiladores: J.C. Cosentino y D.S. Rabinovich. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1992.

El placer de ver 

El trabajo del sueño liga la pulsión con el deseo, la soñante duerme, sueña y no se despierta. Vale decir, el deseo canaliza este goce pulsional. La recuperación pulsional, la satisfacción pulsional se vehiculiza por el deseo, es domesticada por el deseo y el marco de dicha satisfacción es la energía ligada del deseo.

El sueño –el trabajo del sueño- lleva a cabo una transformación, una economía de goce. Deseo y goce están armonizados. En esta recuperación parcial, el trabajo del sueño hace condescender el goce al deseo.

Y hay que recordar que en la histeria la experiencia primaria con la Cosa, el primer encuentro con la sexualidad, es un encuentro muy temprano con el objeto con demasiado poco placer: vale decir, con insatisfacción (deseo insatisfecho). Entonces, la dimensión de insatisfacción (y de repugnancia o asco) de dicho primer encuentro con la sexualidad –ese mas allá- que va a ser reprimido, lleva a la histérica a escaparse, a escabullirse. Bien, de allí ese deseo insatisfecho, o sea, el deseo de tener un deseo insatisfecho y el rechazo al goce en la histeria.

El placer de ver es domesticado por el campo de lo visual -la escena del sueño-, predominando lo visual sobre lo escópico. Sin duda el placer de ver, vale decir, el goce, condiciona el placer pero no lo anula. A diferencia del sueño del “Hombre de los lobos” donde no hay un predominio de lo visual sino un predominio de lo escópico: ese sueño donde se abre repentinamente la ventana y el sujeto se queda paralizado ante la visión de los lobos que lo despiertan con terror.

Colateralmente a la satisfacción del placer de ver, se entrelaza una satisfacción del egoísmo. Y esta satisfacción -la satisfacción de la pulsión de ver o escopica, pero dentro de los interese del yo- determina el contenido manifiesto del sueño.

Sin embargo, “los fragmentos del contenido del sueño (conectados con) los pensamientos oníricos latentes se sobre imponen (a modo de censura) a esta situación de satisfacción”, velándola.

Es decir, habría dos censuras que Freud ubica en el sueño. Una censura es la que en el contenido manifiesto del sueño aparece desplazando el acento de los pensamientos latentes. Pero, a su vez, los mismos pensamientos latentes, velan, censuran, la satisfacción de la pulsión de ver que está ligada por el deseo y que no despierta. Por lo tanto, no hay un funcionamiento irrestricto del principio de placer, hay una ganancia de placer que está condicionada por el goce que es esta satisfacción de la pulsión de ver en el mismo sueño.

No cabe duda de que el trabajo del sueño –que produce el sueno manifiesto- “agrega algo que no pertenece a los pensamientos latentes del día, pero que es el genuino motor de la formación del sueño. Este agregado indispensable es el deseo, igualmente inconsciente, para cuyo cumplimiento es remodelado el contenido del sueño”.

El sueño puede ser -en relación con los pensamientos sustituidos por el- advertencia, designio, preparación. Pero “es siempre también -señala Freud- el cumplimiento de un deseo inconsciente, y es solo esto si lo consideran como resultado del trabajo del sueño”.

En síntesis, aquí el más allá se va a ligar por el sueño, evitando la irrupción económica que acontece en los sueños traumáticos.

El deseo produce una economía de goce vía bla-bla que hace del significante mismo aparato de goce. Un plus de goce no reconocido.

Bien, cuando la experiencia de satisfacción pone en juego el anhelo por el objeto perdido, con la ruptura de la homeostasis del organismo y con la imposición del placer de desear, vía cumplimiento o realización de deseo, el goce pulsional puede ser atemperado, dominado.

Lo que alcanza el sueño es, por añadidura, un Lust de otra índole, que proviene de otra fuente, producido por la cadena, ligado por el deseo y atemperado por el principio de placer.

La función del sueño, en tanto cumplimiento de deseo, se abrocha con el deseo de dormir.

En esta dirección, “los deseos inconscientes permanecen siempre alertas, permanecen indestructibles. Constituyen caminos siempre transitables tan pronto como una cantidad de excitación -una pulsión- se sirve de ellos”, pudiendo, allí donde dicha cantidad anticipa el mas allá, ser atemperada por el principio de placer, es decir ligada. 

La falla de la función: la pulsión emergente de la fijación traumática 

Pero volver a recorrer esas “vias facilitadas de una vez por todas, que nunca quedan desiertas… cada vez que se reinviste la excitación inconsciente” puede ser también la dimensión del mas allá, donde el trauma, en ese punto de perdida misma, irrumpe no pudiendo ser atemperado por el principio de placer, es decir, ligado: los sueños traumáticos, donde el ruido audible sin significante es el testimonio fallido de lo inasimilable, de la explosión.

En este caso falla la función del sueño: el sueño es el intento de un cumplimiento de deseo. “Bajo determinadas circunstancias, el sueño solo puede imponer su propósito de manera muy incompleta o debe resignarlo del todo; la fijación inconsciente a un trauma parece contarse entre los principales de esos impedimentos de la función del sueño”.

En los sueños traumáticos “al par que el durmiente se ve precisado a soñar porque el relajamiento de la represión permite que se vuelva activa la pulsión emergente de la fijación traumática, falla la operación de su trabajo del sueño, que preferiría trasmudar las huellas mnémicas del episodio traumático en un cumplimiento de deseo”.

En tales circunstancias no puede sostenerse que el sueño es “el sustituto de la escena infantil -no liga- alterado por transferencia a lo reciente”. Uno se vuelve insomne, renuncia a dormir por angustia frente a los fracasos de la función del sueño. Pues bien, la neurosis traumática nos muestra un caso extremo de ello.

El mas allá sostiene la ligadura (el placer de ver allí donde no falla la función del sueño) y la ruptura (la irrupción traumática del ruido allí donde fracasa dicha función).

Como la neurosis traumática solo nos muestra un caso extremo de impedimento de la función del sueño, “es preciso conceder carácter traumático también a las vivencias infantiles –la activación de la pulsión- y no hará falta asombrarse si se producen perturbaciones menores de la operación onírica –o de otras operaciones inconscientes- bajo otras condiciones”.

Se trata de los sueños u otras formaciones del inconsciente que en el curso del psicoanálisis de neuróticos les vuelven a hacer presentes unos traumas olvidados de su infancia, impidiendo distinguir absolutamente entre la repetición (el automaton) y la compulsión de repetición (tyche) en términos de goce.

La satisfacción de la pulsión invocante en ese punto de falla del ceremonial de dormir, que invoca –activa- una fuente de ruidos perturbadores audibles mas allá de la cadena significante. Irrumpe en el proceso inconsciente mismo una perturbación económica, vale decir, una invasión de goce, que nos posibilita concluir, sin dudas, que allí reside la diferencia, entre lo que Freud designo investiduras ligas y no ligadas en dicho inconsciente.

Con el Más allá…Freud conceptualiza esa dimensión donde el trauma, ya anticipado, se muestra –no dice- en el interior mismo de la estructura, volviendo imposible su domesticación por el principio de placer, es decir, su ligadura. Y mantiene abierto para la clínica dicho encuentro con lo real.

Continuar con la lección 10:

http://www.saludypsicologia.com/posts/view/262/name:Mas-Alla-del-Principio-de-Placer-X-parte

COMENTA
RELACIONADOS
ÚLTIMAS ENTRADAS
HOY ESCUCHO A MI CORAZÓN

Hoy, después de años interminables de sordera, escucho a mi corazón.

Pero, ¿qué es esto de escuchar al corazón?

Te puede interesar