Psicología Educacional (II parte)

Párrafos seleccionados de Bleichmar, S.: “Violencia social – Violencia escolar” De la puesta de límites a la construcción de legalidades.”  Caps: La construcción de legalidades como principio educativo. Noveduc, 2008.

La construcción de legalidades como principio educativo

La relación adulto/niño es asimétrica en saber y responsabilidad. El adulto tiene responsabilidades y en la escuela no somos todos iguales.

El pensamiento entre pares es un pensamiento de opinión, no es un pensamiento de producción de conocimiento, salvo cuando ya se tiene formación y se puede hacer intercambio. Lo mismo ocurre con las normas. Por eso, se puede llevar a debate el cumplimiento de las normas, pero no la instalación de la norma misma.

La ley no cubre todo el derecho de los seres humanos. Hace una suerte de transacción de los derechos, y hay derechos que quedan afuera. No se puede ejercer la ley si no es en el marco del derecho. Y el primer derecho que tiene el niño es a una asimetría protectora, no es la simetría con el adulto.

El desafío es recomponer la esperanza

La única manera de reubicar a los padres en un plano que implique abrir la posibilidad a futuro es creándoles la conciencia a ellos y a los hijos de que son parte de este país, que no pueden seguir esperando. Nadie se siente participe de la construcción y todos esperan lo que caiga de los restos del banquete.

Esto es lo más grave que ha pasado en la Argentina, un país donde se ha perdido la noción de ciudadanía en el sentido de que todo el mundo puede discutir algunas cosas que le competen directamente, pero nadie discute los grandes problemas nacionales, porque se ha perdido la esperanza de que la palabra sea escuchada. Del mismo modo, entonces, me parece que es hora de que desde la escuela ayudemos a los padres y a los hijos a reconstruir una noción de futuro que uno participe en construir y no que venga de afuera. Esta noción de futuro no tiene salida individual, sino colectiva.

Primero hay que salir de la idea de la familia ideal, porque se acabo. Segundo, hay que ver si se cumplen los roles esperados para poder pensar; el de protección y el de asimetría. Asimetría no quiere decir autoridad, quiere decir responsabilidad.

He propuesto una redefinición: que el Edipo es la forma con la cual cada cultura pauta el exceso de apropiación del cuerpo del niño como lugar del goce del adulto. Lo que importa es que el cuerpo del niño no sea el lugar de goce del adulto, que el cuerpo del niño sea respetado en la subjetividad que implica. Esto tiene que ver también con la perversión en nuestra sociedad, en el sentido de que perversión no tiene que ver con la moral, sino con la desubjetivación del otro. Con la instrumentación del otro como medio, como herramienta o como obstáculo: no como alguien, sino como algo.

La escuela debe ser no solo un lugar de transmisión de conocimientos, sino de resubjetivación. Tiene que ayudar a producir subjetividades que no solamente sirvan para la aplicación del conocimiento, sino para la creación de conocimientos y de conocimientos con sentido, no solamente con el único sentido de ganarse la vida, sino con sentido.

La construcción de subjetividades no se puede hacer sino sobre la base de proyectos futuros. Y los proyectos futuros no se establecen sobre la realidad existente, sino sobre la realidad que hay que crear. Toda la cultura humana es la creación de realidades inexistentes.

Tenemos que recomponer de alguna manera la idea de que los niños no son computadoras. Y hay que ayudar a los padres a plantearse la diferencia entre miedo y terror que yo acuñe hace años y que es la siguiente: cuando uno tiene miedo, no solamente sabe a qué le teme, sino también sabe, o puede aprender, cómo defenderse. Por eso, el miedo tiene un carácter operatorio. El terror es saber a qué se teme, pero sin tener manera de defenderse. Nosotros vivimos en un presente, pero nadie sabe cómo va a sobrevivir en el futuro. En consecuencia, nuestro gran problema es restituir la idea de que al futuro lo tenemos que construir. Si nosotros pretendemos amoldarnos a esta realidad, no vamos a poder sobrevivir. Desde esta perspectiva, creo que la solución es la reciudadanización de los padres, además de la contención, para que puedan creer en legalidades aplicables y no se siga destituyendo el valor de la palabra. La escuela tiene que partir de la idea de que cada ser humano que tiene ahí es un sujeto.

Cuando hablo de reciudadanización no hablo de abstenerse de la presión que hay que ejercer sobre el estado, sino de cómo nosotros, desde un protagonismo diferente, vamos marcando las necesidades que tiene la población. La escuela es un ente del Estado, entonces puede cumplir esa función de asimetría y de ayuda para la resubjetivación, y al mismo tiempo tiene que pedir al Estado los recursos para ampliarla.

La construcción de un ser humano no puede solo limitarse al presente, debe estar tendida hacia el futuro. Acá se va planteando desde distintos ángulos como operamos nosotros cuando la contribución del Estado es insuficiente. Hay una cadena de responsabilidades y creo que es correcto plantear que en esa cadena cada uno ocupe el lugar que tiene que ocupar.

La “patologización” de la sociedad civil es una forma de ocultamiento de los conflictos que padece. Juntando la idea de la prevención primaria y de la subjetividad, nosotros tenemos que convertirnos en un resguardo de subjetividad, no en un desarticulador. Los maestros tienen que tener herramientas para saber cómo hacer diagnostico temprano y prevención primaria.

Con respecto a la prevención, hay algo que constituye “el circulo de la pobreza”: como no se invierten recursos en prevención primaria, se termina teniendo que gastar excesivamente en atención terciaria, cuando ya la enfermedad se desencadenó.

Las formas de la violencia

La cuestión es esa, qué sentido tiene el ejercicio de la violencia. El ejercicio de la violencia individual, y como explosión, es puramente destructivo. La posibilidad de un sujeto de resistir a la violencia del otro puede ser muy constructiva. Pero nosotros tenemos que hacer una detección, no de la violencia infantil, sino de qué potencialidad destructiva o autodestructiva tiene un niño. Entonces reitero: nuestra tarea no es ponerle un límite a la violencia, sino construir sujetos capaces de definir los límites de la propia violencia y capaces de articular su individualidad con el conjunto.

Entonces, volviendo a la prevención, más que la estrategia tradicional de dar charlas y cosas similares, hay que acompañar formas de simbolización del malestar. Yo he llamado a este malestar, “malestar sobrante”, porque no es solamente el que paga cualquier ser humano por ingresar a la cultura, sino un exceso de malestar producido por la frustración en la cultura.

El incremento de la drogadicción está relacionado con la renuncia a la felicidad. No solamente con el goce inmediato.

Nuestra prevención primaria no puede partir del ideal que tenemos en la cabeza, el ideal es como la utopía, tiene que estar en el horizonte y no en el centro. No hay que renunciar, pero tampoco tenemos que ponerlo como meta inmediata. 

El sujeto no puede ser reducido a la supervivencia biológica. En primer lugar, por supuesto que si la escuela opera como lugar de subsistencia reduce al sujeto a la inmediatez. Más todavía: actúa bajo la forma de la compasión, de la caridad y no bajo la forma de la solidaridad y la responsabilidad. Estoy absolutamente convencida de que la escuela no puede operar resolviendo solamente la subsistencia, porque es condenar a toda una generación a la biopolítica, vale decir, a la sola permanencia del cuerpo sin futuro.

La no respuesta como forma de la crueldad y de violencia

En segundo lugar, creo que la indiferencia es una forma de la crueldad. Por algo ahora se ha instituido en la categoría de violencia silenciosa. El hecho de que el otro no responda largamente produce una permanente sensación de inexistencia que es una de las formas más desubjetivantes. Sabemos que el otro es humano porque responde. Uno se siente frente a algo que es también del orden de la subjetivación.

La respuesta mecánica es una respuesta desubjetivante y es tan grave como el silencio. El silencio también es una forma de la crueldad.  Por eso las no-respuestas a las necesidades del prójimo son formas de ejercicio de la crueldad y de violencia silenciosa.

Hay una relación muy directa entre la crueldad, la falta de respuesta y la indiferencia hacia el otro. Y ahí reside para mí la falta más grave de la ética. La humanización del niño depende de la mirada del adulto. A medida que el adulto considera al niño un ser humano, el niño se va humanizando.

La función del docente es posiblemente la primera mirada humanizante que se establece con el niño que no es puramente familiar. Yo siempre digo que el primer objeto exogámico de un niño es la maestra. No es cierto que sea una repetición de la madre, es otra cosa. Es la primera vez que el niño ama a alguien que no es un objeto primario. Ahí hay un proceso de humanización en la medida en que lo que circula es el amor. No se puede instaurar la ley, si quien la instaura no es respetado y amado. Esto es imposible. Se acepta la ley por amor y respeto a quien la instaura.

Recuperar la memoria histórica como proyecto

Me parece que hay que discutir el pasado, no en tanto las víctimas de ese pasado, sino en tanto recuperación de los grandes proyectos. Entonces yo creo que sí, hay que recuperar la memoria histórica, pero como proyecto, como el lugar desde donde tenemos que pensar a futuro y no sólo con la mente en el pasado.

Hoy, una de las cosas que ha ocurrido es que no se cree en el estamento de pertenencia de la persona a la que uno le cree, sino en la persona misma. Por ejemplo, no se cree en los jueces, se cree en un juez. Se ha deconstruido la idea de transferencia sobre los frutos sociales. El problema es cómo se recupera la confiabilidad.

Construir la infancia sobre el trasfondo de los sueños

Estamos en una sociedad en la cual es muy difícil creer en que el otro realmente lo respeta y estima. Esta es una cuestión que hay que hablar con los chicos: que espera uno de ellos. Hacer el discurso que los padres no pueden hacer sobre lo que nosotros esperamos de las próximas generaciones. 

  • Continuar con la tercera parte:

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