¿Por qué meditar?

Podriamos decir que la meditación obedece a múltiples objetivos: abrir lo que está cerrado, equilibrar nuestra manera reactiva de comportarnos y explorar e investigar lo que permanece oculto. Abrirse, equilibrar y explorar constituyen los tres motivos fundamentales de la práctica.

¿Que es lo que esta cerrado en nosotros?

Nuestros sentidos están cerrados y también lo está nuestro cuerpo. Pasamos la mayor parte del tiempo pensando, juzgando, fantaseando y tan profundamente sumergidos en nuestros sueños que no prestamos suficiente atención a la experiencia directa que nos proporcionan los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto.

Por otro lado, nuestra atención suele estar tan dispersa que las impresiones sensoriales nos llegan sumamente amortiguadas. A menudo, la energía no fluye libremente por el cuerpo pero, en la medida en que nuestra conciencia va interiorizándose, comenzamos a experimentar de un modo claro y preciso la forma en que se acumulan las tensiones, los nudos y los bloqueos musculares. En este sentido, existen varios tipos de sensaciones dolorosas, y el hecho de aprender a distinguirlas y a relacionarnos con ellas constituye uno de los primeros pasos en el proceso de apertura que acompaña a la práctica de la meditación.

Algunos de los dolores que experimentamos constituyen una simple señal de advertencia. Las sensaciones de dolor corporal son señales que siempre tratan de comunicarnos algo y, por consiguiente, debemos reconocer y respetar el mensaje que intentan transmitirnos.

En los primeros estadios de la meditación la mente tiende a resistirse para no sentir el dolor pero eso no contribuye sino a cerrarnos y a distanciarnos más aún de la experiencia inmediata y esto es, precisamente, lo opuesto a la apertura que buscamos.

La resistencia puede asumir formas muy diferentes. Una de ellas es el sentir lástima por uno mismo. El miedo también constituye otra forma de resistencia.

¿Qué entendemos por reacción?

Nuestra mente es reactiva. Es como una balanza de precisión que, en el momento en que se identifica con algún juicio o que establece algún tipo de preferencia, gusto o rechazo, pierde su equilibrio y se ve arrastrada por el torbellino de la reactividad.

Sólo podremos mantener el equilibrio y el reposo cuando aprendamos a utilizar el poder de la atención plena, esa cualidad de la conciencia que es capaz de percatarse sin elegir y sin establecer ningún tipo de preferencias. Se trata, en suma, de una conciencia sin elección que, como el sol, resplandece por igual sobre todas las cosas.

Cuando comenzamos a meditar cuesta algo de tiempo llegar a estar atentos en todo momento y descubrir cuál es el ritmo adecuado. Pero, independietemente del objeto de meditación elegido -la respiración, las sensaciones, los sonidos, los pensamientos o las emociones-, lo único que tenemos que hacer es darnos cuenta de lo que existe en cada momento sin que se produzca reacción alguna por parte de nuestra mente. En tal caso, no habrá identificación ni censura sino tan sólo la aceptación plena y consciente del momento presente.

¿Qué es lo que está oculto?

El tercer aspecto de la meditación consiste en investigar lo que está oculto hasta llegar a desvelar la verdadera naturaleza de nuestra experiencia. Solemos confundir la experiencia con las ideas que nos forjamos sobre ella y, en este sentido, un aspecto fundamental de la práctica meditativa consiste en aprender a diferenciar entre el nivel de la conceptualización y el nivel de la experiencia directa.

La meditación exige que investiguemos aquello que permanece oculto y, para ello, es imprescindible que pasemos desde el nivel de los conceptos hasta el nivel de la experiencia directa de las sensaciones -visiones, sonidos, olores y sabores- para, de ese modo, comenzar a experimentar directamente la naturaleza y el proceso de los pensamientos y de las emociones en lugar de limitarnos a identificarnos con sus contenidos.

Cuando nos damos cuenta de la impermanencia estamos en condiciones de vislumbrar la verdadera joya de la iluminación del Buda, que no es sino la visión de la ausencia de identidad del ego en el proceso global de la mente y del cuerpo; es decir, la compresión de que no existe nadie a quien esté sucediéndole todo eso, de que este proceso no pertenece a nadie y de que no existe, por tanto, propietario alguno de la experiencia.

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