Recomendaciones de las Naciones Unidas respecto al delito, la violencia y la inseguridad

El aumento de las expectativas de consumo, a la par del estancamiento en la movilidad social y la falta de un crecimiento incluyente, se encuentran entre los factores que podrían ayudar a entender el crecimiento del delito en Latinoamérica.

Desde la perspectiva del desarrollo humano, las instituciones o los espacios de socialización que pueden contribuir a la expansión de las capacidades de las personas, al fortalecimiento del tejido social y a prevenir la reproducción de la violencia y el delito son la familia, la escuela y la ciudad. En ellos, se construye comunidad. Son instancias de interacción y aprendizaje. Para las teorías sociológicas del crimen, éstos son los espacios claves para el control social que les permiten a las personas adecuar sus decisiones a las normas establecidas; es decir, funcionan como inhibidores del crimen.

Se pueden identificar tres cambios importantes en las familias latinoamericanas: el aumento de las familias monoparentales, la persistencia en las altas tasas de fecundidad adolescente y los procesos migratorios.

Las políticas públicas de prevención de la violencia y el delito deben abordar estos cambios, para fortalecer los factores de resiliencia de las y los habitantes de la región.

Más que dirigir la acción del Estado contra el delincuente callejero o pequeño distribuidor, es preciso que las intervenciones institucionales se centren en los mercados mayores. Los robos de menor cuantía requieren una respuesta diferenciada, más centrada en la prevención.

Aunque faltan estudios sistemáticos en América Latina, la evidencia mundial y la experiencia de campo sugieren que el delito callejero se asocia, generalmente, con condiciones de marginalidad. Las encuestas de cárceles muestran que la reincidencia entre los reos acusados por robo es significativa. La literatura apunta que, a medida que las infracciones sucesivas se quedan sin castigo, puede presentarse un círculo vicioso entre hechos delictivos y marginalización cada vez más intensa (Cloward y Ohlin 1960; Mettifogo y Sepúlveda 2005).

La ejecución exitosa de estrategias preventivas descansa en la profesionalización del personal a cargo de las intervenciones, algunas de las cuales son complejas y costosas, como ocurre con el tratamiento por adicciones y las intervenciones psicosociales dirigidas a jóvenes que han delinquido. Sin embargo, ese personal escasea en la región; además, los tratamientos y las intervenciones son caros y, en algunos casos, deben sostenerse por largo plazo, por lo que existen limitaciones objetivas para que lleguen a muchos beneficiarios. Ante estas limitaciones, es frecuente que los programas recurran a metodologías que pueden no ser adecuadas: talleres, actividades recreativas o deportivas para los jóvenes, sin el sustento de intervenciones psicosociales más especializadas (Frühling 2012).

Bibliografia:

Párrafos seleccionados del Informe Regional de Desarrollo Humano 2013-2014. Seguridad Ciudadana con rostro humano: diagnóstico y propuestas para América Latina. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

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