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"C. G. Jung", por Herbert Read (Cuarta Parte)

Hacia 1839, Edgar Allan Poe publica en la revista "Burton's Gentleman's Magazine" el cuento corto de su autoría "William Wilson". En él, el no menos genial que atormentado escritor estadounidense aborda el siempre fascinante tema del "doppelgänger" ("doppel": doble y "gänger": andante). Salvo que en el caso de este relato, el doble del protagonista no juega un papel de malvado (como sí ocurre, por ejemplo, con Mister Hyde respecto del Doctor Jekyll en la célebre novela de Robert Louis Stevenson), sino que siempre aparece cuando éste, el protagonista, realiza alguna acción poco ética. Es decir, la Sombra a la que alude Jung está encarnada por el "original" y no por el "doble". Como sea, de haber vivido Jung por entonces y de haber ya concebido el proceso de "individuación" (o sea, el proceso de ponerse de acuerdo con uno mismo y de establecer un equilibrio entre nuestros impulsos en conflicto, adquiriendo así, de tal suerte, conciencia de nuestra Sombra y aceptando esta presencia inevitable), es muy probable que la memorable ficción poetiana no hubiese existido, o, de haber sido escrita igual por el bostoniano, otra sería la luz bajo la cual la observáramos. Dichas estas palabras introductorias, continuamos:

Otro de estos arquetipos es la "imagen del alma", el reflejo del sexo opuesto que cada uno de nosotros, con diversos grados de intensidad, lleva en el inconsciente. El individuo de sexo masculino lleva una "anima" o imagen femenina; el de sexo femenino, un "animus" o imagen masculina. "Cada cual lleva su Eva en su seno" -dice un antiguo proverbio de los alquimistas. Pero, en los hechos, proyectamos la imagen, buscamos su contraparte entre nuestros congéneres humanos y nos apiadamos del hombre o la mujer que hace una elección desacertada. "A pesar de que esta elección pueda parecer tan ideal como él la siente, es perfectamente posible que a la larga un hombre compruebe que se ha casado con su peor debilidad". "Cada hombre lleva en sí una imagen eterna de mujer, no la imagen de esta o aquella mujer en particular sino, más bien, una imagen femenina definida. Esta imagen es fundamentalmente un factor inconsciente y hereditario de origen primordial y está grabada en el sistema vital del hombre, siendo un "tipo" ("arquetipo") de todas las experiencias con seres femeninos en la dilatada historia del linaje humano...en síntesis, se trata de un sistema psíquico de adaptación que ha sido heredado."

Jung dio un paso más allá de toda la psicología contemporánea cuando reconoció en determinadas imágenes religiosas del pasado, arquetipos destinados inconscientemente a facilitarle su realización o integración al alma que pugna. Estas imágenes o "símbolos unificadores" adoptan diferentes formas en las diferentes religiones, pero todas ellas son esencialmente la misma. Una de las imágenes más frecuente de este tipo es el mandala o "círculo mágico". En Oriente se lo usa como ayuda para la contemplación. Por lo general está constituido por una pauta intrincada en forma de flor, cruz o rueda, con una tendencia a la distribución en cuatro partes. Un mandala budista, por ejemplo, adoptará la forma de un edificio sagrado muy estilizado, con una figura de Shiva u otra divinidad en el centro, rodeada por un loto de ocho pétalos. En los cuatro puntos cardinales están las cuatro entradas al conocimiento y luego viene un círculo envolvente, los horrores del cementerio. En la iconografía cristiana, Cristo es a menudo representado dentro de un círculo o compartimiento de forma almendrada, encerrado en un cuadrado cuyas enjutas están ocupadas por los símbolos de los cuatro Evangelistas. Las infinitas variaciones de la cruz cristiana en el arte céltico, carolingio y gótico son otras ejemplificaciones más de la expresión de este símbolo arquetípico.

Otro descubrimiento de Jung, más reciente que éste, revela la significación de la antigua alquimia. Aparentemente, los alquimistas estaban interesados en la transmutación de metales comunes en metales preciosos, por ejemplo, en la del plomo en oro; pero en sus recetas y escritos secretos, utilizaron un simbolismo que procedía del inconsciente y Jung ha puesto en evidencia que este simbolismo representa en realidad la transformación de la personalidad a través de la mezcla y reunión de ingredientes nobles y bajos, de elementos procedentes de la conciencia y lo inconsciente. El oro buscado no era esa sustancia que está "en la raíz de todo mal" sino el oro filosófico, el elixir de la vida. En las representaciones alquímicas se convierte en un símbolo comparable con la Flor de Oro del misticismo oriental; y los experimentos alquímicos tienen su analogía en el Yoga y otras disciplinas espirituales.

 

 

A lo que llevan todas estas investigaciones es una afirmación del simbolismo religioso, una prueba de su necesidad en el desarrollo de la psique. A esta altura, conviene recordar que Jung es, ante todo, un hombre de ciencia. Nunca ha tenido el propósito de dar fundamentos a la "religión"; su meta ha sido curar a los que están enfermos y en la experiencia clínica de "curar sus almas", ha descubierto que el símbolo no es creación arbitraria de místicos y poetas sino realidad psicológica concreta, siendo tan necesario para la salud y la integridad psicológicas como lo es el oxigeno para la salud y la integridad física. Lo inconsciente, en su aspecto general o colectivo, constituye un sistema orgánico de símbolos de esta índole y recién estamos al comienzo de nuestra comprensión de su vasto y complejo funcionamiento. No les está vedado, a aquellos que pueden dar el salto hacia la fe, creer que estos símbolos son pruebas del Dios vivo y trascendente; pero el propio Jung, en la medida de nuestro conocimiento, no ha dado ese salto. Sigue siendo el hombre de ciencia, el espectador "ab extra", y si bien puede conducir a sus pacientes hasta los umbrales de la Iglesia, la decisión de cruzarlos o no cruzarlos debe quedar a cargo de ellos. Cuanto Jung le muestra al paciente (y en este mundo enfermo todos somos pacientes potenciales) es que en una u otra forma tenemos que volver a la Madre, abandonar nuestro anhelo adolescente de independencia, nuestra protesta contra las ligaduras instintivas y nuestro orgullo intelectual. Tenemos que aprender que somos parte de un proceso, una hoja en el Árbol de la Vida y que nuestra libertad y nuestra felicidad residen en la aceptación de los vínculos visibles e invisibles que nos traen la savia que fluye. Pero el camino de vuelta de la integración, el cual por cierto implica un acuerdo con la psique colectiva, no es fácil y quizá nunca es del todo seguro. Depende de un factor que Jung no ha titubeado en llamar "moral", a saber, del reconocimiento de una dirección en la vida y de cierta fidelidad a sí mismo. "Ser analizado" no es una cura en sí mismo: por ese camino se llega a la impostura, a engañarse a uno mismo y a la charlatanería. Jung siempre ha sido severo con sus pacientes. No les promete liberarlos de sus neurosis, expulsar sus malos sueños y ni siquiera curar sus complejos. Por el contrario, estos son los síntomas que el paciente debe aprender a observar por sí mismo, es decir, un barómetro psíquico que ha de leer siempre que quiera conocer su clima mental. El arte -y la salud es un arte- consiste en esta lectura, en este conocimiento del estado del tiempo.

Esta concepción de la psique humana tiene muchas repercusiones en la filosofía, en particular en la filosofía política. Cierto es que Jung ha subrayado reiteradamente que la reintegración constituye un proceso individual, que a cada hombre le corresponde salvar su propia alma. Pero el diagnóstico de nuestra época que ha hecho lo lleva a determinadas conclusiones generales de índole política; y Jung no ha titubeado en formularlas.

"Vivimos en tiempos de gran desorganización -ha declarado- ; las pasiones políticas están inflamadas, las conmociones internas han puesto las naciones al borde del caos y las mismas bases de nuestra "Weltanschauung" ("visión del mundo", en español) están quebrantadas. Esta situación crítica tiene una influencia tan enorme sobre la vida psíquica del individuo que el médico se ve obligado a seguir su efecto sobre la psique del individuo con una atención mayor que la usual. La tormenta de los acontecimientos actuales no sólo le llega desde el gran mundo de afuera; siente la violencia de su impacto hasta en la tranquilidad de su sala de consultas y en el secreto de la consulta médica. Como tiene una responsabilidad hacia sus pacientes, no puede permitirse el lujo de retirarse a la pacífica isla de la investigación científica sosegada sino que constantemente debe descender a la liza de los acontecimientos mundiales a fin de participar en la batalla de las pasiones y las opiniones opuestas. Si permaneciera alejado del tumulto, las calamidades de su época sólo le llegarían vagamente desde lejos y el padecimiento de sus enfermos no encontraría oídos ni comprensión".

Jung se ha dado cuenta, al igual que todos los psicólogos importantes de nuestra época, que la muchedumbre o la masa desarrolla una fuerza psicológica que le es propia. En la muchedumbre el individuo pierde su identidad, no sólo física sino también espiritualmente y lo que se funde y surge como psicología de la muchedumbre es el aspecto irracional del inconsciente colectivo. Admitimos abiertamente esta posibilidad cuando estamos frente a la horda bárbara o la multitud amotinada. Lo que no reconocemos con igual espontaneidad es que el individuo, en esas organizaciones de masa a las que damos el nombre de Estado, ha quedado reducido a una mera nadería. Ha entregado su poder de decidir, su responsabilidad social y se halla como un remache (¡ni tan siquiera como un diente de rueda!) en un mecanismo cuyos movimientos y cuya dirección no tiene el poder de controlar. Esto podría carecer de importancia si fuera posible darle al individuo la seguridad de que otros seres humanos, excepcionalmente dotados y sabios, ejercen el control, pero en realidad todos los hombres están igualmente remachados, igualmente exentos de poder, y lo que mueve la máquina es una fuerza demoníaca que procede directamente del inconsciente colectivo. Ninguna otra hipótesis podría explicar el empleo contra la propia humanidad de las armas terroríficas de destrucción que hoy están en posesión de Estados mundiales.

 

Leer Primera Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/642/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Primera-Parte

Leer Segunda Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/653/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Segunda-Parte

Leer Tercera Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/654/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Tercera-Parte

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Raúl Adorni
Apuntes de un lector incurable (o una placentera forma de TOC). Estudiante Avanzado de Filosofía y Letras. Amante de los animales. Vive y trabaja en Rosario, Argentina.