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"C. G. Jung", por Herbert Read (Quinta Parte)

Hacia el final del último párrafo de la entrega anterior (Cuarta Parte) de este extenso ensayo de Herbert Read sobre Jung (que tenemos el privilegio de transcribir para los calificados lectores de "Salud y Psicología"), nos es dado leer que el individuo ha depuesto su poder de decidir, su responsabilidad social y que se halla -la imagen es terrorífica- como un remache ("¡ni tan siquiera como un diente de rueda!") en un mecanismo cuyos movimientos y cuya dirección no tiene el poder de controlar. Lo que mueve la maquinaria (a falta de seres humanos excepcionales, talentosos y sabios, que pudiesen "gobernar la nave") es una fuerza demoníaca que procede directamente del inconsciente colectivo. No existe otra hipótesis que pueda explicar el empleo demencial contra la propia humanidad de las atroces armas de destrucción masiva que -ya se alarmaba Read en aquellos lejanos días de hace más de medio siglo- hoy están en poder de los seis u ocho Estados mundiales más poderosos. No ignora el lector sagaz que dicha carrera armamentística jamás halló solución de continuidad y que, lejos de eso, que hasta puede parecer una esperanza ingenua, la sofisticación y el poder de daño de los nuevos artilugios bélicos roza tal perfección que, se diría, nacidos de la mente infinitamente proterva de una divinidad hostil o loca. Seguimos:

Como es bien sabido, Freud era absolutamente pesimista en cuanto al futuro de la humanidad. El instinto hacia la muerte nos impulsa y el único fin es la destrucción universal de la vida. Pero Jung no está de acuerdo con esto. Dice que lo inconsciente no cree en la muerte. Que hay una "libido", un impulso general hacia la vida, y es verdad que este impulso puede ser dividido, de modo que actúe contra sí mismo. Pero, fundamentalmente, trata de seguir fluyendo, de acumular fuerza e intensidad. La característica fundamental de la "libido" nos permite tener la esperanza de que la humanidad adquirirá consciencia de la amenaza a su existencia antes que sea demasiado tarde. Debemos "atrevernos" a tener esperanza y el atrevimiento, más que la esperanza, es lo que nos permitirá salir bien librados. Pero, para Jung, el medio sigue siendo la integración de la personalidad individual. El grupo, el partido, la nación y la unión de naciones no tienen libertad de elección. Dentro de estas organizaciones colectivas, los poderes psíquicos se manifiestan como si lo hicieran por una ley inconsciente de la vida. "Está en marcha un proceso conectado causalmente que llega a reposar únicamente en la catástrofe." Piensa Jung que la época reclama la personalidad liberadora, "a aquel que se diferencia del poder inevitable de la colectividad... aquel que prende una luz de esperanza en el atalaya para anunciar a los demás que por lo menos "un" hombre ha conseguido evadirse de la fatídica identificación con el alma colectiva."

Esta distinción entre el caudillo (como Hitler) que es expresión de fuerzas inconscientes que son malignas y demoníacas, y el jefe que se ha mantenido aparte y ha evitado el pánico general resulta quizá más fácil en teoría que en la práctica. Jung reconoce la dificultad. "Hay épocas en la historia del mundo (la nuestra puede ser una de ellas) cuando algo que es bueno debe ceder; lo que está destinado a ser mejor aparece entonces, en un primer momento, como un mal." Esta última frase pone en evidencia hasta qué punto es peligroso referirse a estos problemas porque ¡cuán fácil le resultaría, de acuerdo con esto, al mal deslizarse subrepticiamente, sin otra explicación de la que es potencialmente lo mejor! "Pero hay que correr el riesgo; y Jung nos recuerda cómo, en los mitos y en las leyendas, la vida del héroe se ve siempre amenazada en su infancia. Así Hera y las serpientes amenazaron destruir a Hércules y sólo por un milagro consiguió eludir Jesús la matanza de los recién nacidos en Belén. La vida perdería sentido si se la despojara de su elemento trágico ya que son el peligro y la desesperación los elementos que generan la atención intensa, la conciencia más aguzada que lleva la vida a manifestaciones cada vez más elevadas. Es necesario descubrir el "camino" hacia esta nueva dimensión de la existencia. Cada una de las grandes religiones ha sido un viaje de exploración y cada una de ellas tiene su símbolo del recorrido del peregrino por este camino. Los chinos le dan el nombre de "Tao"; y Jung habla a menudo con admiración de la sabiduría de esta antigua filosofía.

 

 

Mientras estábamos sentados, aquel día ya mencionado, mirando hacia el tranquilo lago, bajo el firmamento sin nubes, Jung relató la historia del Hacedor de Lluvias, según se la había contado el profesor Richard Wilhelm, el célebre sinólogo. Se había producido una terrible sequía en Kiou Chou y se envió en busca de un hombre de Shantung, de quien se decía que podía hacer llover. Cuando llegó, pidió que le construyeran una choza fuera de la población. Cuando la choza estuvo lista, se retiró a ella y pidió que no le molestaran. Se quedó en su choza durante tres días con sus noches y a la mañana del cuarto día se inició una tormenta de nieve como nunca se la había visto en esa época del año. Al enterarse Wilhelm de esto, fue a verlo al hombre y le preguntó cómo había conseguido producir esa tormenta. El hombre le respondió que él no la había producido. Que ocurría, sencillamente, que el venía de Shantung, donde todo andaba bien. Que aquí en kiou Chou el cielo y la tierra estaban separados, que todo andaba mal y que le había llevado tres días volver él mismo a estar bien. Pero que tan pronto como estuviera bien, la lluvia o la nieve caerían naturalmente.

Explicó Jung que el Tao es la coincidencia significativa en el tiempo, cuando el cielo y la tierra funcionan conjuntamente y en la debida forma; que entonces todo anda bien, que todo ocupa el lugar que le corresponde y funciona como le corresponde.

Como la mayor parte de las historias chinas, al principio ésta pareció demasiado sencilla y sin sustancia, pero el significado fue aumentando cuando meditamos sobre ella. Las esferas invisibles giran, y en cierto punto del tiempo, coinciden; y en ese momento nos hallamos en armonía con la naturaleza. En esos momentos ocurren las cosas como queremos que se produzcan: somos instrumentos del poder divino, vasos llenos de gracia. Este es el significado cabal de la "integración" en la psicología de Jung, quien cree que el mundo será salvado, si es que se salva, por personalidades integradas.

Jung se halla sereno en su retiro. Le mencioné los ataques que contra él se habían hecho en los Estados Unidos y Gran Bretaña, pero con una sonrisa hizo caso omiso de ellos. Dijo que siempre es el destino de un iniciador que lo interpreten mal y lo vilipendien. Y que todavía queda mucho por hacer, mucho misterio por resolver, mucha sombra por disipar. No había ni una huella de ira o de desdén en su reacción. Habíamos pasado al jardín en el curso de nuestra larga conversación y ahora él estaba sentado a la fresca sombra de un árbol, más que nunca como un filósofo chino. Oíamos el chapoteo de los remos en el agua, voces a la distancia, y nos quedamos en silencio, sintiendo que también en esto había una coincidencia significativa. Era como si la tierra, el firmamento y el agua hubieran estado escuchando también, y la unidad de la impresión es la unidad de la perfecta simpatía, de la "Sympatheia" que, según los antiguos estoicos, reúne todos los elementos, en paz y armonía.

 

Leer Primera Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/642/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Primera-Parte

Leer Segunda Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/653/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Segunda-Parte

Leer Tercera Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/654/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Tercera-Parte

Leer Cuarta Parte: http://www.saludypsicologia.com/posts/view/657/name:C-G-Jung-por-Herbert-Read-Cuarta-Parte

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Raúl Adorni
Apuntes de un lector incurable (o una placentera forma de TOC). Estudiante Avanzado de Filosofía y Letras. Amante de los animales. Vive y trabaja en Rosario, Argentina.