Introducción al concepto de transferencia

La transferencia constituye una noción fundamental del psicoanálisis, a punto tal que ha llegado a definir el acto analítico mismo. En este sentido, Freud planteaba en su Presentación autobiográfica, que el análisis sin transferencia es una imposibilidad. A lo largo de los años, Freud fue de alguna manera “descubriendo” la transferencia –o mejor dicho, tropezando con ella al modo de un obstáculo y una resistencia. A grandes rasgos, lo que puede describirse en un nivel fenomenológico es que durante el curso de ese recuerdo hablado en análisis, el paciente comienza a comportarse curiosamente hacia el analista.

Una vez reconocida, la transferencia es teorizada por Freud dentro de lo que se conoce como sus Escritos Técnicos, destacando fundamentalmente dos notas de la misma: el amor y la repetición. En este punto, lo que el autor plantea es que por el efecto conjunto de sus disposiciones innatas y de los influjos que recibe en la infancia, el ser humano adquiere una especificidad determinada para el ejercicio de su vida amorosa (un cliché) que se repite de manera regular en la vida, siempre que se den las condiciones exteriores apropiadas. Por lo tanto, el psicoanalista va a ser investido de acuerdo con un modelo, es decir, anudado a un cliché preexistente. 

Disposiciones innatas + Influjos de la infancia = Un cliché en la vida amorosa  (que se repite también en la relación con el médico) 

Un punto fundamental que señala Freud es que la transferencia constituye un fenómeno humano general, que excede ampliamente la situación analítica. No es la cura la que crea la transferencia, sino más bien el sitio donde se cristaliza el acontecimiento. En sus palabras: “no corresponde anotar en la cuenta del psicoanálisis aquellos caracteres de la transferencia, sino atribuírselos a la neurosis” (Freud, 1912, p. 99). Por lo tanto, este fenómeno se presentaría también en la relación con un médico, un psiquiatra o un psicoterapeuta. Lo que marcaría la especificidad del psicoanálisis es que en él se opera y maniobra con ella. De esto se desprende que la transferencia no es patrimonio de la consulta con el analista, lo original del psicoanálisis es el qué hacer con ella.  

Teoría de la Transferencia Freud-Lacan 1a parte from Grupo Metonimia A.C. on Vimeo.

Según Freud, en el curso de un análisis, la transferencia sale al paso como la más fuerte resistencia (entendiendo por tal, algo que obstaculiza un tratamiento). Plantea que siempre que uno se aproxima a un complejo patógeno, primero se adelante hasta la conciencia la parte del mismo susceptible de ser transferida. No obstante, va a establecer que es necesario diferenciar diversos tipos de transferencia. Por un lado, la negativa, constituida por los sentimientos hostiles. Y por el otro, la transferencia positiva, que a su vez se descompone en aquella de sentimientos amistosos susceptibles de conciencia y en la de sus prosecuciones en lo inconciente (que el análisis demuestra que se remontan a fuentes eróticas). La transferencia sobre el médico, entonces, sólo resulta apropiada como resistencia cuando es negativa o una positiva de mociones eróticas reprimidas. En cuanto al componente susceptible de conciencia y no chocante, es en el psicoanálisis (así como en los otros métodos de tratamiento), el portador del éxito.

La transferencia, entonces, empieza a ser conceptualizada como una pieza de repetición, entendiendo por tal la transferencia del pasado olvidado pero no sólo sobre el médico sino en todas las otras actividades y vínculos del analizante. Mientras mayor sea la resistencia, tanto más será sustituido el recordar por el actuar (repetición). ¿Qué es lo que repite el analizante en la transferencia? Según Freud, repite todo cuanto desde las fuentes de lo reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto, esto es: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter y todos sus síntomas. Freud advierte que el hacer repetir en el curso del análisis equivale a convocar un fragmento de vida real y que esto no es sin consecuencias, siendo a menudo inevitable el “empeoramiento durante la cura”. Para Assoun, la lección del asunto es que los síntomas no desaparecen durante el trabajo, sino en verdad un tiempo después de este, cuando las relaciones con el médico están resueltas. 

A partir de este momento, la transferencia pasa a ser para Freud un elemento indispensable del psicoanálisis, en tanto asegura que es dentro de este campo donde debe darse la cura. El obstáculo de antaño, pasa a ser finalmente reconocido como el motor más poderoso del progreso del tratamiento. Si bien Freud admite que los fenómenos transferenciales deparan al analista las mayores dificultades, asegura que ellos brindan el servicio de volver actuales y manifiestas las mociones de amor escondidas y olvidadas de los pacientes. La repetición de este cliché, que es una reinscripción de una coyuntura pasada, se presenta con el relieve de una vivencia que no puede estar más intensamente presente. No debemos tratar a su enfermedad como un hecho histórico, sino como un poder actual, consistiendo en gran parte el trabajo en la reconducción al pasado. Para el analista, el recordar sigue siendo la meta. Cuando la ligazón transferencial se ha vuelto viable, el tratamiento logra impedir al enfermo todas las acciones de repetición más significativas. El principal recurso para domeñar la compulsión a la repetición y transformarla en un motivo para recordar, residiría, entonces, en el manejo de la transferencia. De acuerdo con Freud (1914): “Volvemos a esa compulsión inocua (…) y le concedemos su derecho a ser tolerada en cierto ámbito: le abrimos la transferencia como la palestra donde tiene permitido desplegarse con una libertad casi total, y donde se le ordena que escenifique para nosotros todo pulsionar patógeno que permanezca escondido en la vida anímica del analizado” (p. 156).  

Jacques Lacan - Hacia donde se dirige el amor from Leon David on Vimeo.

De esta manera, Freud plantea que lo que se logra casi siempre es dar a todos los síntomas de la enfermedad un nuevo significado transferencial, sustituyendo la neurosis ordinaria del analizante por una neurosis de transferencia de la que puede ser curado en virtud del trabajo analítico. La transferencia crearía, entonces, una suerte de reino intermedio entre la enfermedad y la vida, en virtud del cual se cumple el tránsito de la primera a la segunda. Es preciso dar tiempo al paciente para enfrascarse en la transferencia y reelaborarla, lo cual constituye, según Freud, una ardua tarea para el paciente y una prueba de paciencia para el médico. Según Assoun, a partir de entonces, la neurosis de transferencia se constituye como el objeto de estudio propio del psicoanálisis. No obstante, cabe recordar que no debe creerse que el análisis crea la transferencia, sino que esta es sólo descubierta y aislada por el psicoanálisis. Lo cual, sin embargo, no relativiza la originalidad de la operación analítica: la transferencia está ya presente de algún modo, pero, por medio de la neurosis que instituye, adquiere una forma de existencia propia. De esta forma, al pensar así la transferencia, se modifica indefectiblemente el concepto de síntoma. Instaurada la transferencia, los síntomas sólo pueden ser leídos en esta relación, con lo cual se profundiza la noción de que no pueden ser nominados como tal desde una observación externa y para ser referidos a una clasificación que arme síndromes o cuadros clínicos, al modo de la semiología psiquiátrica. A partir de Freud, no es posible trabajar con diagnósticos efectuados desde una nosografía distante de la psicoanalítica, para luego agregarle una interpretación desde la “teoría psicoanalítica”. Por lo tanto: no hay diagnóstico psicoanalítico si no es realizado en transferencia.    

Un aspecto importante a destacar respecto de esta noción de repetición, que fue señalado principalmente desde el psicoanálisis lacaniano pero se encontraba planteado en la obra de Freud, es que la transferencia no es simplemente una reiteración de algo que ya ocurrió, sino una repetición con diferencia: se trata de una versión nueva. Este punto es importante para evitar simplificaciones del estilo “así como con tu padre en la infancia, ahora con el analista”. De esta manera, su planteo se aproxima al de S. Kierkegaard, para quien lo que se repite es la procura de la diferencia y no la búsqueda de lo idéntico, dando así lugar para la aparición de lo novedoso, la invención y la novación en el seno mismo del trabajo con la transferencia. 

Dentro de lo que podría llamarse la fenomenología de la transferencia, Assoun describe – siguiendo a Freud – una serie de fenómenos y manifestaciones que hacen presumir que algo ocurre, aunque siempre recordando la singularidad irreductible de las modalidades de la transferencia, eminentemente pluriforme. De acuerdo con este autor, la transferencia puede manifestarse ya sea por alusiones impalpables o actos espectaculares, ya sea preciso adivinarla en un detalle ínfimo o que salte a la vista. Dentro de las manifestaciones transferenciales, menciona una manifestación que debe ser distinguida como patognomónica de la transferencia, esto es, la detención puntual de las asociaciones: se trata de un momento en que las asociaciones “vienen a faltar” mientras que el sujeto está, sin proponérselo, bajo el ascendiente de una representación particular, la del analista. Assoun también menciona la idealización-síntoma, en la que el paciente desarrolla un interés particular por la persona del médico y una adhesión ciega e incondicional, caracterizándolo como el aspecto “fanático” de la transferencia. Asimismo, describe los sueños transferenciales: la falsificación espontánea del trabajo del inconciente para complacer al analista. También menciona lo que el denomina siguiendo a Ferenczi, la transferencia ventrilocua, esto es, todos los fenómenos que suceden en el cuerpo durante la sesión analítica. Por último, pero no menos importante, este autor habla de la tempestad de los afectos: un cocktail de afectos que van desde el apego más tierno a la agresividad más obstinada. Este autor señala que hay todo un mundo entre ambos extremos del espectro y que esto constituye la prueba de que la transferencia no radica en su forma sino que tiene un rostro múltiple. En última instancia, la ausencia casi total de afecto no significa la ausencia de transferencia (como por ej. en el caso de la joven homosexual que en su indiferencia no dejaba de transferir su rechazo fundamental al hombre).

Como se elige un psicoanalista from Mario Elkin Ramirez on Vimeo.

Dentro de estos fenómenos, se destacan la denominada “reacción terapéutica negativa” (situaciones en las que cuando debería esperarse una mejoría aparece una insatisfacción y un agravamiento, asociado en última instancia a una resistencia al tratamiento que tiene que ver con la necesidad de seguir enfermo) y el “amor de transferencia” (aquellas situaciones en las que el paciente deja colegir por inequívocos indicios o declara de manera directa que se ha enamorado del médico que lo analiza).  Sobre este último, Freud plantea que a primera vista no parece que de él pudiera nacer nada auspicioso para la cura, en tanto el paciente ha perdido de pronto todo interés por el tratamiento y resulta que el enamoramiento existía desde mucho antes pero en ese momento la resistencia comienza a servirse de él para inhibir la prosecución de la cura. En estos casos, Freud plantea consentir la apetencia amorosa del paciente es tan funesto como sofocarla, estableciendo que la cura tiene que ser realizada en abstinencia, entendiendo por esto el hecho de dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como unas fuerzas pulsionales del tratamiento y guardarse de apaciguarlas mediante subrogados. “Uno retiene la transferencia de amor pero la trata como algo no real, como una situación por la que se atraviesa en la cura, que debe ser reorientada hacia sus orígenes inconcientes y ayudará a llevar a la conciencia lo más escondido de la vida amorosa de la enferma para así gobernarlo” (Freud, 1915, p. 169).

Este deber de abstinencia en psicoanálisis, que es inquebrantable en todos los casos, no se circunscribe a las situaciones de enamoramiento transferencial, sino que es entendido como un principio según el cual la cura analítica debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre el mínimo posible de satisfacciones sustitutivas de sus síntomas. Para el analista, la regla implica el deber de no atender las demandas del analizante ni desempeñar los papeles que este tiende a imponerle. En síntesis, la abstinencia es requerida por la misma relación transferencial. Así como se le impone al paciente una situación donde no le es respondida su demanda de amor, al analista también se lo expone a una herida narcisista al no poder responder en forma personal, desde su cosmovisión. La propuesta al respecto es la de la dirección de la cura y no la de la dirección de la vida del analizante.    

Desde el psicoanálisis lacaniano, una de las nociones fundamentales que se ha conceptualizado en relación a la transferencia es la del Sujeto Supuesto al Saber. Quien consulta con un analista lo hace porque padece de algo. El síntoma es un padecimiento que le genera una pregunta incómoda sobre sí mismo, que no puede delimitar porque no posee la clave que le permita descifrarlo, tiene un sentido que no conoce (saber inconsciente). Pero busca ayuda de alguien que supone que sabe acerca de eso; es decir, hay un saber que puede ayudarlo en su padecer y este saber está ubicado en el Otro. La condición de este otro concreto en quien ubicará a este Otro del saber, estableciendo una relación transferencial, va a variar según la condición cultural de quien padece (puede ser el analista, el médico, el chamán, etc.), siempre respetando la misma estructura: una molestia, con una causa propia desconocida que indica que está puesta en un saber, que puede ser localizado en un lugar Otro. Si recupera este saber para sí, su situación cambiará, dejando de padecer al hacerse cargo de eso de sí mismo de lo cual escapaba, modificando entonces su relación a la responsabilidad. Para que esto se despliegue hace falta quien reciba esta transferencia y lo permita. Es articulable con la transferencia positiva tierna de la que hablaba Freud, que opera como motor de la producción del inconsciente en un análisis. En el sintagma Sujeto Supuesto al Saber hay dos suposiciones: 

1. La de un sujeto al saber inconsciente: “hay alguien que sabe sobre lo que me pasa”.

2. La de un saber agotable: suposición del neurótico, que cree en un Gran Otro que tiene todas las respuestas. Por definición, el Saber jamás podrá colmar toda la Verdad, sino que esta última es sólo revelada a medias, en “chispazos” de palabra plena.   

Tercer principio de una terapia Psicoanalítica. Sobre la relación entre analista y analizante from Mario Elkin Ramirez on Vimeo.

De lo dicho, queda claro que con respecto a la persona del consultante, el analista no sabe nada. Para el psicoanálisis, quien sabe algo sobre su padecer es el propio analizante, pero sin saber que sabe (recordemos que el psicoanálisis plantea la existencia de un sujeto descentrado). El analista, corriéndose del lugar de experto, sabe cómo conducir una cura pero no posee un saber acerca de ese específico analizante: esa es la posición de la docta ignorancia. Claro que la suspensión del juicio requerida al analista comporta una injuria a su narcisismo porque, de esa forma, no lleva las de ganar de antemano en función de su prestigio o su prestancia. Es importante que el analista no presuma saberlo todo, contar con un conocimiento omnipotente y preconstruido del cual solo debe preocuparse por aplicar. En relación a esto, surge la cuestión de la escucha analítica, que en última instancia está sostenida en un no-saber, fruto posible de la revelación de la propia ignorancia, posible de alcanzar únicamente en el marco del análisis personal y que está asociada a la convicción de la existencia de lo inconciente. Es claro que la escucha del analista quedará obstaculizada toda vez que sus complejos no analizados se encuentren afectados en la trama transferencial. Un analista no puede escuchar lo singular de la verdad en juego para su paciente cuando sus propios puntos ciegos se hacen presentes y dominan la escena ni cuando se ubica en una posición de omnipotencia y saber absoluto. 

Íntimamente vinculado con la noción se Sujeto Supuesto al Saber, se encuentra la relación existente entre la transferencia y la sugestión. Se parte del supuesto de  que la sugestión está siempre presente en toda relación de palabra que es operada por el lenguaje y que, por lo tanto, se encuentra en toda terapia (incluidas las terapéuticas estrictamente médicas). Freud no duda en afirmar que los resultados del psicoanálisis se basaron en buena parte en la sugestión, por la cual hay que entender el influjo sobre un ser humano por medio de los fenómenos transferenciales posibles en el. Siguiendo a Freud, podemos afirmar que la transferencia a menudo basta por sí mismo para eliminar los síntomas del padecer pero ello de manera solo provisional mientras subsista ella misma; pero entonces, se trataría únicamente de sugestión y no de psicoanálisis. Habría que entender por sugestión, entonces, a la transferencia en su cara más inmediata y salvaje que, produce las victorias más estupendas pero también las más vanas. Por el contrario, siguiendo a Freud, la transferencia accede a su estatus analítico planteado el principio de su elaboración, teniendo en cuenta los efectos de la transferencia misma y velando por la autonomía última del paciente. R. Harari plantea que después de una primera entrevista, en el curso de la cual el terapeuta (no necesariamente psicoanalista) se mantuvo en una actitud receptiva y cautelosa, luego sorprende escuchar, en el siguiente encuentro, el testimonio brindado por el paciente del gran alivio sobrevenido. Esta situación, correspondiente con la instalación del Sujeto Supuesto al Saber, es “terapéutica” pero sólo con fugacidad, porque no ha surgido aún la posibilidad del despliegue elaborativo. El autor advierte que se trataría de una “cura sintomática” que, de reducirse a eso, al poco de andar el paciente por sus propios medios, la recidiva mostrará la falacia de esa “terapia”.  

¿Existe la normalidad Psíquica? from Mario Elkin Ramirez on Vimeo.

A la hora de pensar la transferencia en el marco de una institución hospitalaria, M. Barros advierte del riesgo de que el tratamiento psicoanalítico transportado a la institución hospitalaria quede reducido a una psicoterapia que opere por sugestión, perdiendo sus rasgos esenciales y siendo el resorte de esta degradación la idea de que la urgencia del contexto habría de imponer la focalización del objetivo ubicando en primer plano la resolución sintomática. No obstante, el autor retoma la idea freudiana de que hay cierto lugar para llevar adelante un tratamiento hospitalario inspirado en los principios del psicoanálisis riguroso y libre de toda tendencia, relacionado con una ética del psicoanálisis que determine fines propios que no se subordinen a ningún objetivo externo (como podría ser un afán educativo/correccional o el mandato de un ideal político). Para evitar “el cobre de la sugestión” (metáfora utilizada por Freud, en oposición al “oro del psicoanálisis”), es importante destacar que la transferencia analítica no reside en las vicisitudes afectivas del paciente con la persona del analista, ni tampoco en la influencia posible de éste sobre él, sino en la apertura hacia el circuito del deseo, hacia ese campo diferente de la demanda inicial; es decir, ir mas allá de lo que el sujeto dice y de lo que manifiestamente está en juego.    

Como ya se ha dicho, es en el campo de la transferencia donde se desenvuelve la cura en un psicoanálisis. El fin de análisis se pone en acto al ser convocado como analista, aceptando y corriéndose a la vez de ese lugar de Otro agobiante al que el neurótico convida en forma continua. Aceptar encarnar ese lugar de Sujeto Supuesto al Saber es permitir el despliegue de la transferencia pero resulta que el fin de análisis comienza en el mismo momento de hacerse cargo de la transferencia. Según palabras de Freud (citado en Rubio, 2002): “la dilación de la cura o de la mejoría sólo es causada, en realidad, por la persona del médico” (p. 47).  Para E. Urbaj, se trata de pensar el fin de análisis en transferencia, a la luz de la dialéctica de la alienación y la separación, jugado sesión por sesión en la caída de un Otro en quien creer, es necesario que el analista caiga de esa posición de Sujeto Supuesto al Saber. Por lo tanto, puede observarse con claridad cómo existe una relación directa entre el modo de conceptualizar la transferencia, el modo de escuchar en transferencia y el modo de trabajar el fin de análisis.

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