Aportes Freudianos para pensar la Toxicomania III

Las propiedades farmacodinamicas no son condición suficiente pero sin duda necesaria para que exista un sujeto toxicómano. Esa entrada en la toxicómana es el resultado de un encuentro entre la negación de la falta de objeto con la contingencia de ese real químico (flash-viaje-trance místico trascendental) que la droga provee. No es un objeto a través del cual la pulsión se satisface, es el objeto donde la satisfacción se produce, por eso es exclusivo y necesario.

Pensar en un tratamiento de la toxicomanía:

El yo ideal es una formación intrapsíquica resultante de la identificación primaria con la madre fálica, es una vivencia inmediata alienante en la que el sujeto aparece como incapaz de distinguirse a si mismo del ideal. Servirá de modelo a las identificaciones heroicas con personajes excepcionales y prestigiosos.

Los actos fallidos son en realidad actos logrados, verdaderos “atajos del deseo” que, a través de las fallas de la palabra, de la memoria o de la acción, permiten al deseo inconsciente contornar la frontera de la censura.

La abstinencia del consumo durante el tratamiento puede lejos de permitirle al toxicómano acceder a la falta simbólica del objeto, es decir a una falta independientemente de la presencia real de la droga (castración simbólica), quedar alienado en una relación imaginaria con el analista, basada en la frustración a la droga, que mantenida a distancia, continuara siendo para el adicto el único y real objeto del cual espera satisfacción. Confirma el analista la creencia del toxicómano en que su adicción es el efecto de las propiedades extraordinarias de la droga y no el resultado del lugar que él le otorga en la dialéctica de su propio deseo.

Lo esencial no son las propiedades químicas del objeto, ni el placer supuesto en el consumo, sino el autoerotismo subyacente en tanto que ideal narcisista de independencia, y cuya función no es otro que la de repudiar la ausencia estructural de un objeto real y adecuado al deseo.

El abandono de la droga como producto de los efectos de la castración simbólica que relanza la dinámica del deseo y no el resultado alienante de la frustración que mantiene el objeto imaginariamente adecuado y necesario. Renunciamiento pulsional en el interior del dispositivo analítico.

La relación con el analista constituirá para el toxicómano la experiencia inaugural de una relación posible y verdadera con el otro, a partir de la cual la experiencia autoerótica con la droga perderá su carácter exclusivo.

La sexualidad aparece como pulsión aislable, detectable, solo en el momento en que la actividad no sexual, la función vital se desprende de su objeto natural o lo pierde.  El autoerotismo es el momento constitutivo de la sexualidad. El objeto ha sido sustituido por un fantasma. El objeto perdido se constituye al par que se despliega el autoerotismo. La masturbación infantil no es solo la mera manipulación del órgano, sino un tiempo inaugural, el de la constitución del objeto en tanto perdido. La primera etapa de la sexualidad es la del apuntalamiento, la etapa de la excitación sexual se produce como efecto marginal de la satisfacción de la necesidad. La pulsión tiene su objeto fuera del cuerpo propio, en el seno de la madre. Este objeto fue ulteriormente perdido, tal vez precisamente en el momento en que el niño se había vuelto capaz de formar una representación de conjunto de la persona a la que pertenecía el órgano que le suministraba la satisfacción. Como norma general, la pulsión sexual se vuelve autoerótica. Hay un momento en que el objeto se constituye como perdido. El autoerotismo se ocupa de ese proceso. Se pierde el objeto cuando para el sujeto la madre aparece como sujeto deseante. Se vuelve real y poderosa ya que de ella dependerá el acceso a los objetos, que ahora no serán de mera satisfacción sino objetos de don, don de poder maternal, y en tanto tales, susceptibles de entrar en una connotación presencia-ausencia.

Si el reencuentro del objeto es solo una ilusión, se debe a la imposibilidad de reencontrar esta relación inicial con un objeto de necesidad perdido y ya derivado, metonimizado. Lo que pretende el toxicómano es que ha hallado el objeto de satisfacción. La droga es su objeto de necesidad, no puede no faltarle. Expresa la negación de la pérdida, la negación de la carencia de objeto. Pero si dice “me falta” es porque el objeto no se perdió y porque lo encontró, le falta. Es un simulacro de biologizacion. Pero esta negación de la carencia la paga con lo insoportable que es la falta de la falta. Utiliza la droga para intentar lo imposible, la transmutación del objeto de placer en objeto de necesidad, pero esta ilusión es solo posible a través de la alquimia del verbo. Por ser “ser hablante” se vuelve toxicómano y su alquimia irrealizable, porque solo cuenta con el verbo para llevar a cabo su ilusión.

Hay una descentración de la sexualidad genital (deslizamiento hacia el registro de la necesidad como condición previa al placer y al mismo tiempo lo impide. La lógica de lo necesario, “no puedo obrar de otro modo”, hasta la transgresión a la ley se borra) a través de un simulacro de biologizacion sostenido por un sujeto que se quisiera cortado del amor (amar es dar lo que uno no tiene).

El tormento infligido a si mismo que todavía no es el verdadero masoquismo: vos pasiva: “tú me drogas”, sino voz media refleja: “me drogo”. La dimensión del acto no se conjuga ni en voz activa ni pasiva, a diferencia del masoquismo perverso, para el cual se ha operado una transformación de la finalidad activa en pasiva, lo que implica la búsqueda de otra persona como “objeto”, objeto de la pulsión pero sujeto de la acción. El toxicómano se encontraría fijado en esa posición intermedia del masoquismo reflejo, autoagresivo, debido a su negación de la pérdida del objeto. Como si la droga no fuera destructiva. Se repite ese acto (me drogo) para siempre. La satisfacción estaría allí, en la repetición del acto mismo, no en el objeto ni en su evocación. Lo que esta dimensión de acto introduce, lo que encarna para el toxicómano, no es otra cosa que la pulsión de muerte en tanto es la excepción a la regla pulsional, donde la satisfacción no depende de un objeto sino de un acto.

El vínculo del toxicómano con la droga aparece bajo el doble signo de la necesidad (hasta el punto de ser vital) y la exclusividad (invalida toda posibilidad de construir otros objetos sustitutos y contingentes). La droga se ha convertido para él en “objeto exclusivo de su placer necesario”. Sometido en la lógica de la exclusividad se verá atrapado en las redes de la necesidad. Una relación de exclusividad no puede constituirse sino sobre la base de la exclusión. La relación de exclusividad del toxicómano con la droga es indisociable de su intento de rechazar, de excluir a todo posible compañero de placer, aspirando así a un ideal narcisista de autonomía en el goce. Coloca la satisfacción bajo el signo de un ideal de autonomía en el goce, fuera del tiempo, en un espacio privilegiado, el territorio de la droga. La posibilidad de refugiarse en un mundo propio, en referencia al repliegue narcisista como indisociable del deseo de independencia que, está en el origen del fantasma narcisista de autoengendramiento, como libración de la subordinación original (y en reacción defensiva contra ella) o bien como relación fusional que debe asegurar la permanencia del sistema protector. Con decir solo dependencia se escapa esta pasión de independencia respecto del otro, como expresión de su ideal de dominio por el fantasma, de la falta de objeto. Para el toxicómano esta dualidad (dependencia-independencia) queda bloqueada. Esta encrucijada se ubica en el autoerotismo. Drogarse en la puesta en práctica del goce inmediato, el negativo de la mediatización. Esta dimensión del acto tiene un itinerario fijo. “Escucharse”=“Drogarse”: constituye una actividad especular desde el momento en que esta fundada en el desdoblamiento, donde el sujeto se reconoce como punto de partida de un estimulo perceptivo instantáneo. En la inmediatez especular se busca eludir la diferencia (también la diferencia sexual en la medida en que el desdoblamiento narcisista sustituye la diferencia de los sexos), en el sentido económico, la diferencia de tensión y en un sentido más amplio la ilusión de volver un estadio anterior a la separación, al abrigo de todo obstáculo. Desexualizacion a través de la transformación de la libido de objeto en libido narcisista. Se salva la integridad narcisista amenazada por la angustia de castración.

El tiempo crucial de constitución de la identidad subjetiva, la alteridad, es cuando se tramita la pérdida del objeto y la pérdida de su identidad primaria, la que se establece sobre la base de la identificación primaria con la madre. La superación de esta doble perdida es la condición previa necesaria para que se constituya en el sujeto una identidad psíquica y más tarde una identidad sexual. Si no se elabora el doble duelo, inscribiendo el objeto dentro de sí, se verá el sujeto liberado a la tendencia de volver al estado de indiferenciación mediante mecanismos de identificación. Lo paradójico es que en el acto de drogarse va a operar una verdadera apropiación del otro, con el objetivo final de liberarse del objeto.

Párrafos seleccionados del libro de EDUARDO VERA OCAMPO. Droga, psicoanálisis y toxicomanía. Editorial Paidos – 1981. Cap. 3: “Aproximación psicoanalítica a la toxicomanía”

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