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¿POR QUÉ EL TIEMPO NO CURA TODAS LAS HERIDAS?

Explicación de por qué el tiempo no es capaz de curar algunas de las heridas emocionales que nos dañaron en su día y dejaron una marca indeleble. Y cómo actualmente existen herramientas, como la terapia EMDR, que pueden conseguir el propósito de procesar y desensibilizar estas heridas antiguas y hacer que se archiven de forma funcional en nuestra psique y dejen de dolernos para siempre.

Voy a intentar dar respuesta a esta pregunta de una forma sencilla, dentro del enfoque de la terapia EMDR, de la que hablaremos a continuación.

El cuerpo tiene un mecanismo innato de autocuración. Por ejemplo, si nos hacemos una pequeña herida, el cuerpo, por sí mismo, tiende a curar y cicatrizar. Cuando la herida es mayor, más profunda, imagínate por ejemplo que algún cuerpo extraño ha quedado incrustado en la piel, un médico puede ayudarte a extraer lo incrustado, dar algunos puntos y dejar que sea el propio cuerpo el que termine el trabajo de curar y cicatrizar. Es lo mismo que ocurre cuando se hace cualquier cirugía.

El cerebro es parte del cuerpo y como tal también posee un mecanismo de curación: “el sistema de procesamiento de la información”. Está diseñado para llevarnos a un nivel de salud mental, a un nivel de resolución adaptativa de los problemas que se nos van presentando. Pero, al igual que ocurre con el resto del cuerpo, hay heridas que por su profundidad (hay experiencias que nos han podido pasar cuyo nivel de perturbación sea tan alto que el sistema de procesamiento de información se bloquea y es incapaz de llevar el recuerdo a una resolución por sí mismo), necesitan que un médico (en este caso un psicólogo o psicoterapeuta) ayude a extraer lo “incrustado” a nivel mental, para que este mecanismo de curación pueda posteriormente acabar de sanar la herida. Dicho de otra forma, necesitamos desbloquear el atasco que la herida ha provocado en nuestra psique.

Estas heridas profundas, estas “astillas” que cada uno de nosotros podemos tener clavadas en el corazón y que notamos cómo nos hacen daño, es a lo que nosotros los psicólogos llamamos trauma. 

Cuando hablamos de un trauma no nos estamos refiriendo solamente a los grandes traumas, por ejemplo escenas de muerte, accidentes automovilísticos, guerras, violencia en general, desastres naturales, etc. Estos serían los que la Dra. Shapiro (la persona que descubrió este tipo de terapia de la que vamos a hablar posteriormente) llama traumas de tipo “T” grande. La mayoría de los traumas que nos afectan a todos pertenecen a experiencias cotidianas y solo nosotros, íntimamente, conocemos su existencia. Pueden ser por ejemplo algún tipo de humillación sufrida en casa o en el colegio, desilusiones, discusiones, fracasos, sensaciones de “ser invisible”, etc. La experiencia clínica indica que muchas patologías son generadas por experiencias previas, antiguas, que contienen sentimientos o emociones de impotencia, desesperanza, desilusión, o cualquiera de los sentimientos o emociones que constituyen un sentido de autodenigración y falta de eficacia. Estos traumas son a los que la Dra. Shapiro llama “traumas de t pequeña”, y no son menos importantes que los de “T” grande.

Los traumas de los que estamos hablando pueden ser recordados conscientemente o estar incrustados en la parte subconsciente de nuestra mente. Pero tanto unos como otros nos afectan y nos hacen reaccionar de alguna manera, la mayoría de las veces de forma automática, con síntomas que no podemos controlar. Por ejemplo, no sabemos, o sí sabemos pero no lo controlamos, por qué nos ponemos ansiosos, o nos entristecemos o le cogemos un miedo desmesurado a algo que no tenía por qué suscitar esa reacción, etc.

Recientes estudios de neurobiología confirman y explican cómo estos recuerdos traumáticos se “atascan” o se “congelan” en las redes asociativas de la memoria, en redes neuronales de nuestro cerebro, lo que hace que quede atascado este “sistema de procesamiento de información” del que hablamos antes.

Estos recuerdos, estas redes de memoria, quedan aisladas, desconectadas de las herramientas mentales que podrían ayudar a que se metabolizaran. Es por eso que el tiempo, por sí mismo, no cura todas las heridas. De hecho hay heridas emocionales que las personas nos llevamos a la tumba, después de toda una vida cargando con ellas.

Pero esto no tiene porqué ser así. Lo que la terapia EMDR consigue hacer es realizar las conexiones neuronales necesarias para que estos recuerdos se desbloqueen, se digieran, y dejen de afectarnos. Eso se convierte en la remisión de los síntomas que nos llevaron a buscar la solución a nuestros problemas.

Pero, ¿qué es la terapia EMDR? EMDR son las siglas en inglés de Eye Movement Desensitization and Reprocessing, Desensibilización y Reprocesamiento por medio del Movimiento de los Ojos en español.

Esta forma de terapia fue descubierta casualmente en 1987 por la Dra. Francine Shapiro (más información en la página web www.psicologoantoniojariza.jimdo.com). Descubrió que la perturbación que le producían algunos pensamientos perturbadores se difuminaban cuando los ojos los movía de lado a lado, de una forma similar a como lo hacen de forma natural en la etapa de sueño REM (Rapid Eye Movement – Movimiento Rápido de los Ojos). Se sabe que el sueño REM ayuda a procesar la información del día a día, de los problemas cotidianos, de las cosas pasadas que nos afectan. Los procesa y archiva adaptativamente en nuestro interior. Es un mecanismo natural que forma parte del mecanismo innato de curación del que hablábamos al principio. La estimulación bilateral (EB), que es la base del EMDR, hace que se alternen los dos hemisferios cerebrales, sincronizándose. 

Lo que hace el EMDR, resumidamente, es estimular la red de memoria donde quedó atrapado el recuerdo traumático, de manera que se produce el arranque necesario que desbloquea dicha red. Logramos, de esta forma, que el “sistema de procesamiento de información” se acelere y fluya, hasta que logra que otras redes neurológicas funcionales conecten con la disfuncional originada por el trauma, encontrando la información necesaria para comprender lo que pasó, para procesarlo, hasta notar incluso físicamente que el tema está ya superado.

Es un cambio de perspectiva radical, en el que desaparece la carga negativa del recuerdo y empieza a verse con “otros ojos”, con una perspectiva adulta y sana, en vez de con los sentimientos, emociones y creencias negativas con los que se originó, allá por la niñez o adolescencia en muchos casos.

Para concluir decir lo que actualmente sabemos: Las conexiones a menudo inconscientes de nuestra memoria, los recuerdos almacenados de modo disfuncional, son los causantes de muchas de las patologías y problemas psicológicos. Disponemos hoy en día de una terapia que puede resolver eficazmente estos problemas procesando estos recuerdos disfuncionales o traumáticos. Disponemos asimismo de un mecanismo innato de autocuración, “el sistema de procesamiento de la información”. En nosotros está la decisión de desbloquearlo cuando la herida emocional que lo atascó sea tan profunda que no consiga hacerlo por sí mismo.

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Antonio José Ariza Alcaide
@Antoluci5
Soy natural de La Carlota, un pueblo cercano a Córdoba. Me mudé a la capital con cinco años y sigo residiendo en esta preciosa ciudad. Mi formación comenzó estudiando Magisterio por ciencias humanas. Al mismo tiempo comencé a trabajar en la autoescuela de la familia, había que ayudar, haciéndome Profesor de Formación Vial. Cuando acabé Magisterio comencé a estudiar Psicología. Me interesaba la Psicología Clínica que por entonces era una de las ramas que podíamos elegir en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Me licencié mientras seguía ejercitando la profesión de profesor de autoescuela. Durante los más de veinte años que estuve trabajando como profesor alterné siempre mi formación de psicología para ayudar con los problemas de amaxofobia (miedo a conducir) y preparando la asignatura de psicología de la conducción a futuros profesores de formación vial que se preparaban para sacar su certificado. Después de tanto tiempo en el sector y aprovechando el bajón que el gremio comenzó a tener por motivo de la crisis económica, retomé mis estudios de psicología realizando un Máster de Psicología Clínica Aplicada y sobre todo consiguiendo la certificación como Terapeuta EMDR (niveles I y II) de la que actualmente soy Clínico. Desde entonces, hace ya casi cinco años, ejerzo la profesión de Psicólogo con la pasión de quién empieza y la experiencia de quien ha tratado personalmente a muchas personas, tanto en el ámbito de la formación de conductores, como tratando distintos problemas como el miedo a conducir (amaxofobia) y distintos problemas emocionales y clínicos que he conocido en los ya más de veinte años de relaciones de tú a tú con mis alumnos y clientes.