Cómo despertar el amor y la compasión

Esto es más difícil de lo que solemos imaginar, porque a veces las fuentes de nuestro amor y compasión nos quedan ocultas y puede que no tengamos fácil acceso a ellas. Por fortuna, existen diversas técnicas desarrolladas por el «entrenamiento de la mente» budista para ayudarnos a hacer aflorar el amor oculto.

1. El afecto amoroso: Abrir el manantial

Cuando nos parece que no hay suficiente amor en nosotros, existe un método para descubrirlo e invocarlo. Vuelva atrás mentalmente y recree, visualice casi, un amor que alguien le dio y que lo conmovió de verdad, quizás en la infancia. Tradicionalmente se le enseñaría a pensar en su madre y en su devoción de toda la vida hacia usted, pero si eso le resulta problemático, puede pensar en un abuelo o abuela, o en cualquier persona que haya sido profundamente afectuosa con usted en algún momento de su vida. Recuerde una ocasión concreta en que realmente le demostró su amor y usted lo percibió intensamente.

Ahora deje que ese sentimiento surja de nuevo en su corazón y lo llene de gratitud. Al hacerlo, su amor se dirigirá naturalmente hacia esa persona que lo ha evocado. Recordará entonces que, aunque quizá no siempre le parezca que ha sido amado lo suficiente, una vez lo amaron de veras. Saberlo hará que se sienta de nuevo, como esa persona le hizo sentir entonces, digno de amor y verdaderamente amable. Permita ahora que se le abra el corazón y que el amor fluya de él, y a continuación extienda este amor a todos los seres. Empiece por los que tiene más próximos, y luego extienda su amor a amigos y conocidos, después a los vecinos, a los desconocidos, y después incluso a las personas que no le gustan o le causan dificultades, incluso aquellas a las que podría considerar «enemigas», y finalmente a todo el universo. Que ese amor se haga cada vez más ilimitado. Junto con el afecto amoroso, la
compasión y la alegría, la ecuanimidad es una de las cuatro facetas esenciales de lo que según las enseñanzas constituye toda la aspiración a la compasión. La visión de la ecuanimidad, una visión libre de prejuicios que lo abarca todo, es en efecto el punto de partida y la base del camino de la compasión.

Comprobará usted que esta práctica abre un manantial de amor, y al abrirse en usted su afecto amoroso, comprobará que éste inspira el nacimiento de la compasión. Porque, como dijo Maitreya en una de las enseñanzas que le dio a Asanga:

«El agua de la compasión discurre por el canal del afecto amoroso».

 

2. La compasión: Considerarse igual que los demás

Una manera poderosa de evocar la compasión, como ya lo he expuesto en el capítulo anterior, es pensar que los demás son exactamente iguales a uno. «Después de todo», explica el Dalai Lama,

«todos los seres humanos somos iguales: hechos de carne, huesos y sangre humanos. Todos queremos felicidad y queremos evitar el sufrimiento. Además, todos tenemos el mismo derecho a ser felices. En otras palabras, es importante cobrar conciencia de nuestra igualdad en tanto que seres humanos.»

Pongamos, por ejemplo, que tiene usted dificultades con una persona amada, que podría ser su madre, su padre, su marido o su esposa, un amante o un amigo. Le resultará muy útil y revelador considerar a la otra persona no en su «papel» de madre, padre o marido, sino sencillamente como otro «usted», otro ser humano con los mismos sentimientos que usted, el mismo deseo de felicidad, el mismo miedo al sufrimiento. Concebir a la persona como una persona real, exactamente igual que usted, abrirá su corazón a ella y le permitirá saber mejor cómo ayudarla.

Si consideramos a los demás iguales que nosotros, eso nos ayudará a abrir nuestras relaciones y les dará un sentido nuevo y más rico. Imagínese que las sociedades y las naciones empezaran a considerarse mutuamente de esta manera; por fin tendríamos el inicio de una base sólida para la paz sobre la Tierra y la feliz coexistencia de todos los pueblos.

 

3. La compasión: Cambiarse por los demás

Cuando alguien sufre y no sabe usted cómo encontrar la manera de ayudarle, póngase sin arredrarse en su lugar. Imagínese del modo más real posible cómo lo estaría pasando si sufriera el mismo dolor. Pregúntese: «¿Cómo me sentiría? ¿Cómo querría que me trataran mis amigos? ¿Qué es lo que más desearía de ellos?».

Cuando se cambia usted por otro de esa manera, transfiere directamente su apreciación desde su objeto habitual, usted mismo, a otro ser. Por eso cambiarse por los demás es un modo muy poderoso de debilitar el dominio que tiene sobre usted el apego y el mimo del yo por sí mismo, y de liberar así el corazón de su compasión.

 

4. Servirse de un amigo para generar compasión

Otra técnica eficaz para despertar compasión hacia una persona que sufre consiste en imaginarse a un amigo muy querido, o alguien a quien se ama de verdad, en el lugar de esa persona. Imagínese a su hermano, a su hija, a su padre o a su mejor amigo en idéntica situación dolorosa. Se le abrirá el corazón con toda naturalidad y despertará en usted la compasión. ¿Qué podría querer más que librarlos de su tormento? Tome entonces esta compasión generada en su corazón y transfiérala a la persona que necesita su ayuda; comprobará que la ayuda es más inspirada y espontánea, y que puede dirigirla más fácilmente.

A veces me preguntan: «Si lo hago, ¿saldrá perjudicado de alguna manera el pariente o amigo al que me imagino sufriendo?». Al contrario, pensar en esa persona con tal amor y compasión sólo puede serle de ayuda, e incluso producirá la curación de cualquier sufrimiento y dolor que puedan haber vivido en el pasado, estén viviendo ahora o hayan de vivir aún. El hecho de ser instrumento para el despertar de su compasión, aunque sólo sea por un instante, les acarreará abundante mérito y beneficio. Puesto que han sido responsables en parte de la apertura de su corazón, y de permitirle ayudar al enfermo o moribundo con su compasión, el mérito de esta acción recaerá naturalmente sobre ellos.

También puede usted dedicar mentalmente el mérito de esa acción al pariente o amigo que le ayudó a abrir el corazón. Y puede desearle bien a esa persona, y rezar porque en el futuro se vea libre de sufrimiento. Le estará usted agradecido a su amigo, y quizás éste se sienta también inspirado y agradecido si sabe que le ayudó a hacer aflorar su compasión. De modo que preguntar: «¿Saldrá perjudicado el pariente o amigo al que imagino en lugar del enfermo o moribundo?» demuestra que no hemos comprendido realmente lo poderosas y milagrosas que son las operaciones de la compasión. La compasión bendice y cura a todos los que intervienen en el acto: la persona que la genera, la persona por medio de la cual se genera y la persona a la que va dirigida. 

 

5. Cómo meditar sobre la compasión

Sin embargo, como ya he dicho, evocar en nosotros este poder de la compasión no siempre es fácil. Por mi parte, he comprobado que los métodos sencillos son los mejores y los más directos. La vida nos proporciona cada día innumerables ocasiones de abrir el corazón, y sólo es cuestión de aprovecharlas. Se cruza usted con una anciana de aspecto triste y cansado, con las venas de las piernas hinchadas y dos pesadas bolsas de la compra que apenas puede cargar; un anciano pobremente vestido que arrastra los pies ante usted en la cola de la oficina de correos; un muchacho con muletas que intenta cruzar la calle, nervioso y asustado, por entre el tráfico de la tarde; un perro que se desangra a morir en la carretera; una joven solitaria que solloza histéricamente en un banco del metro. Conecte el televisor y puede que vea en las noticias a una madre de Beirut arrodillada junto al cadáver de su hijo asesinado; o a una anciana de Moscú que señala el plato de sopa que va a ser toda su comida del día, sin saber si al día siguiente tendrá eso siquiera; o uno de los niños con sida de Rumania, que lo mira con ojos desprovistos de toda expresión.

Cualquiera de estas imágenes podría abrirle los ojos del corazón al enorme sufrimiento que existe en el mundo. Deje que lo haga. No desperdicie el amor y la aflicción que suscita; en el momento que sienta que la compasión se acumula en usted, no la eche a un lado, no se encoja de hombros en un intento de regresar rápidamente a lo «normal», no le tenga miedo a su sentimiento ni se avergüence de él, no se deje distraer de él ni permita que se agote en la apatía. Sea vulnerable. Utilice ese repentino y brillante brote de compasión; concéntrese en él, métase en lo profundo de su corazón y medite sobre él, cultívelo, reálcelo, profundícelo. Al hacerlo se dará cuenta de lo ciego que ha estado al sufrimiento, de cómo el sufrimiendo que ahora está experimentando o contemplando es sólo una minúscula fracción del dolor del mundo. Todos los seres sufren, en todas partes; deje que su corazón vaya hacia ellos en espontánea e inconmensurable compasión, y dirija esta compasión, junto con la bendición de todos los budas, al alivio del sufrimiento en todas partes.

La compasión es mucho más noble y grandiosa que la lástima. La lástima tiene sus raíces en el miedo y en una sensación de arrogancia y condescendencia, a veces incluso en una complacida sensación de «me alegro de no ser yo». Dice Stephen Levine:

«Cuando tu miedo toca el dolor de otro, se convierte en lástima; cuando tu amor toca el dolor de otro, se convierte en compasión». 

Entrenarse en la compasión, pues, es saber que todos los seres somos iguales y que sufrimos de manera semejante, es respetar a los que sufren y saber que no es uno distinto de nadie ni superior a nadie. De este modo, su primera reacción al ver sufrir a alguien no es de simple lástima, sino de profunda compasión. Siente respeto e incluso gratitud hacia esa persona, porque ahora sabe usted que quienquiera le induzca a desarrollar la compasión por medio de su sufrimiento está de hecho haciéndole uno de los mayores regalos, porque le ayuda a cultivar precisamente aquella cualidad que usted más necesita en su avance hacia la Iluminación.

 

6. Cómo dirigir la compasión

Cuando medite lo bastante profundamente sobre la compasión, surgirá en usted la poderosa resolución de aliviar el sufrimiento de todos los seres, así como un agudo sentido de responsabilidad hacia ese noble propósito. Existen dos maneras de canalizar mentalmente esa compasión y volverla activa. La primera consiste en rezar a todos los budas y seres iluminados desde el fondo del corazón, para que todo lo que usted haga, todos sus pensamientos, palabras y obras redunde sólo en beneficio de los seres y les procure felicidad. Rece por beneficiar a todos los que se relacionan con usted y ayudarlos a transformar su sufrimiento y su vida. 

La segunda manera, que es universal, consiste en canalizar hacia todos los seres la compasión que pueda usted sentir, dedicando todos sus actos positivos y su práctica espiritual a fomentar el bienestar de todos los seres, y sobre todo a favorecer que avancen hacia la Iluminación, En efecto; cuando medita profundamente sobre la compasión, amanece en usted la comprensión de que la única manera en que puede dar una ayuda completa a los demás seres es alcanzando la Iluminación. De ahí nace un sentido de vigorosa resolución y de responsabilidad universal, y en ese momento surge en usted el compasivo deseo de alcanzar la Iluminación por el bien de todos los demás. 

 

Fuente: Sogyal Rimpoché; El libro tibetano de la vida y de la muerte. Buenos Aires, 2013, Ediciones Urano.

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