Enfermamos por desequilibrio térmico del cuerpo

Según la Doctrina Térmica, la salud del hombre depende de su lucha contra el calor interno de su cuerpo, porque es el único ser de la creación que se enferma al desequilibrar sus temperaturas consumiendo alimentos cocinados que afiebran sus entrañas y usando ropas que enfrían su piel por sustraerla al conflicto térmico de la atmósfera. Según esto, la salud no se conquista sino que se cultiva mediante el Equilibrio Térmico del cuerpo.

Enfermamos porque alteramos el calor que debe ser uniforme en todo el cuerpo. El estado de enfermo supone la fiebre gastrointestinal que altera la salud y mata porque desnutre e intoxica a sus víctimas al transformar el contenido intestinal en putrefacción. Esto implica también la alteración de las funciones de nutrición y eliminación de los pulmones y la piel. Por otro lado, como la actividad del corazón es afectada por la temperatura, la fiebre gastrointestinal acelera su ritmo aumentando la frecuencia de la ola sanguínea que llega a los pulmones. De aquí que progresivamente se congestionan sus tejidos estrechando el espacio destinado al aire dentro de ellos y disminuyendo su capacidad de trabajo. Por su parte, la piel, que es un verdadero tercer pulmón y riñón también sufre en el desempeño de sus funciones por la falta de riego sanguíneo normal en la superficie del cuerpo.

La salud sólo se logra cuando la temperatura de las dos envolturas del cuerpo, piel y mucosas, es uniforme, de 37 grados centígrados.

La temperatura de 37 grados centígrados en las mucosas del aparato digestivo asegura digestiones que son fuentes de sangre pura y en la piel es garantía de que las eliminaciones por los poros se adecuan a las necesidades del cuerpo. 

Salvo intoxicación por aire viciado, toda dolencia, cualquiera que sea su nombre o manifestación, siempre se origina y se mantiene por desequilibrio térmico del cuerpo. El desequilibrio térmico al mismo tiempo, favorece la elaboración de tóxicos en el intestino afiebrado e impide la expulsión de los vennos por la piel anémica y fría.

Si comemos naranjas u otra fruta cruda, en cualquier cantidad que sea, y observamos el pulso antes y después de esta comida, comprobaremos que no se ha producido alteración apreciable en la actividad cardiaca. Pero si estas observaciones las hacemos antes y después de una abundante comida o cena en la que se han ingerido carnes, conservas, dulces y licores, no llamara la atención el aumento de las pulsaciones. De 70 antes de comer, probablemente hayan subido a 100 por minutos, lo cual revela una elevación de la temperatura interna del cuerpo. 

La sensación de frío en los pies y calor en la cabeza que acompaña a las comidas abundantes, nos revela el desequilibrio térmico del cuerpo, con aumento de su calor interior, por efecto del trabajo forzado del estómago e intestinos.

 

Origen de la fiebre interna

Como se ha dicho, la fiebre o calentura interna se origina y mantiene por reacción nerviosa y circulatoria provocada por el prolongado esfuerzo digestivo para procesar los alimentos inadecuados.

Hay una ley física que nos enseña que todo trabajo desarrolla calor y que a mayor trabajo, mayor calor. Cuando serruchamos una madera, nuestros músculos se calientan y congestionan hasta llegar a hincharse si exageramos el ejercicio. Se ha producido una fiebre muscular por reacción nerviosa y circulatoria debido al trabajo forzado. El mismo fenómeno se produce en el aparato digestivo. La naturaleza ha destinado el estómago e intestinos del ser humano para la digestión de frutas, ensaladas y semillas de árboles en su estado natural. Con estos alimentos el trabajo del aparato digestivo se realiza sin esfuerzo, en dos horas a lo más. Pero estas mismas substancias cocinadas o asadas prolongan el trabajo digestivo a tres o más horas, lo que se traduce en un principio de congestión y mayor calor. Ahora, los alimentos irritantes y además mezclados con bebidas alcohólicas, obligan a las mucosas del estómago y los intestinos a forzar su trabajo, prolongándolo más allá de cuatro veces el tiempo normal. Este trabajo más largo se traduce en mayor calor, en fiebre gastrointestinal que favorece la putrefacción de los alimentos y es fuente de venenos que impurifican la sangre, afectando los órganos vitales y produciendo diferentes síntomas constitutivos de las diversas dolencias clasificadas por la Patología. 

Repetimos, los productos cadavéricos o industrializados, los licores y los manjares ricamente preparados, le imponen un trabajo forzado a los órganos digestivos, que se traducen en congestión de sus mucosas y paredes elevando la temperatura interna del vientre y reduciendo el calor de la piel y las extremidades.

Desde que el hombre deja el pecho de su madre comienza a consumir alimentos inadecuados que congestionan, afiebran, debilitan y degeneran sus mucosas y sus tejidos. El iris revela este proceso mostrando los tejidos correspondientes al estómago y los intestinos esponjosos y disgregados. Por otra parte, la piel con ropas y abrigos se enfría progresivamente al evitar el conflicto con el frío de la atmósfera que desarrolla calor mediante la reacción nerviosa circulatoria.

No sorprende que gracias a una gran resistencia de la constitución, el estómago e intestinos no tengan mucosas y paredes de tejidos esponjosos, crónicamente inflamados, fuente de todo tipo de padecimientos.

Esto también explica el frío de la piel y las extremidades de los ancianos, unido siempre a la aceleración del pulso que revela la fiebre crónica de sus entrañas.

Iniciada la fiebre interna, la víctima de ella progresivamente se ve encerrada en un círculo vicioso en que el calor anormal del vientre favorece la corrupción de sus alimentos, y la fermentación pútrida de éstos, al elevar la temperatura local, favorece nuevas nutriciones.

 

Efectos de la fiebre interna

Los alimentos de origen animal, como la carne y su jugo, la leche, los huevos, el caldo y los mariscos, al ser introducidos en el estómago e intestinos afiebrados se corrompen originado fermentaciones malsanas que, además de despojar a esos alimentos de sus propiedades benéficas, cargan la sangre de substancias tóxicas y materias extrañas a los tejidos vivos del cuerpo.

Estas materias extrañas, que también se trasmiten a la descendencia a través de la sangre, cambian la forma del cuerpo y especialmente el rostro y cuello del individuo, dando lugar al diagnóstico por la expresión de rostro de Kuhne.

Las materias inadecuadas para se incorporadas al cuerpo alteran las composición normal de la sangre, la cual se acidifica. Además, al estar cargada de substancias extrañas, la sangre pierde su fluidez y se moviliza con dificultad. De aquí la impureza y mala circulación de la sangre que revela el iris de todo enfermo crónico en grado variable.

Las fermentaciones malsanas desarrollan gases tóxicos que penetran a través de los tejidos porosos del cuerpo, de preferencia hacia arriba, afectando con su acción irritante y corrosiva los órganos, el pecho, cuello y cabeza. Estas materias gaseosas produce irritaciones, inflamaciones y dolores locales que erróneamente se atribuyen a la acción microbianas; así, por ejemplo, tanto la llamada tuberculosis pulmonar como la parálisis sólo son curables actuando sobre el vientre, que es donde se originan.

Las personas que por herencia poseen una constitución privilegiada y por tanto tienen una gran capacidad de trabajo en su aparato digestivo, pueden digerir con relativa facilidad ciertos alimentos que estómagos de inferior constitución sólo logran con enormes esfuerzos. Esto explica que el desequilibrio térmico en el cuerpo como efecto del trabajo de la digestión varíe según la fuerza del estómago y los intestinos de cada persona.

Las personas que viven cometiendo excesos y errores diarios en su alimentación sin tener grande trastornos, están gastando una vitalidad acumulada por sus progenitores a expensas de su descendencia.

Por otra parte, la calentura interna al convertir el vientre en laboratorio de putrefacciones que impurifican la sangre, obliga a los órganos encargados de purificarla y hacerla circular a un constante y forzado trabajo que irrita, congestiona, debilita y destruye los tejidos del corazón, el hígado, los riñones, el bazo, las venas y arterias. Todas las enfermedades de estos órganos se originan en desarreglos digestivos cuya fiebre interna hay que remover para aliviar toda dolencia.

Las afecciones nerviosas también son efecto de la impureza de la sangre debida a desarreglos digestivos. Igualmente, la garganta, los ojos, los oídos, la nariz y cuero cabelludo se enferman a consecuencia de la acción irritante y corrosiva de los tóxicos que se derivan de las putrefacciones que suben a la cabeza a través de los tejidos porosos del pecho y el cuello.  

También las inflamaciones glandulares, irritaciones y afecciones de la piel y mucosas son efecto de las materias tóxicas de las que el organismo procura defenderse, reteniéndolas en el sistema ganglionar o expulsándolas a través del mismo.

Todos los procesos morbosos localizados en el organismo, desde la simple inflamación hasta el tumor, representan una defensa orgánica que deposita en una zona del cuerpo materias elaboradas en putrefacciones intestinales y que son retenidas por deficientes eliminaciones de la piel, los riñones y los intestinos.

Según la frase del inmortal Cervantes, el estómago es la oficina del cuerpo en donde se fraguan la salud y la vida. También Kuhne afirmaba que

“no existe enfermo con buena digestión ni persona sana con mala digestión”

La vida y prosperidad del microbio requiere de dos puntos de apoyo: terreno malsano y temperatura de fiebre, los cuales se originan como efecto de una nutrición inadecuada. Faltando cualquiera de estos dos factores, la vida microbiana no puede no puede existir ni mantenerse. 

Por fin, la salud no se conquista, sino que se cultiva cada día mediante el Equilibrio Térmico del cuerpo. 

 

Fuente: Manuel Lazaeta Acharan; Medicina natural al alcance de todos. Editorial Pax México; 1997.

 

COMENTA
RELACIONADOS
ÚLTIMAS ENTRADAS