Nutrición Pulmonar, Cutánea e Intestinal

“Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina tu alimento.” 

Hipócrates

El cuerpo humano tiene tres vías destinadas a incorporar los materiales y energías que necesita para vivir: los pulmones, la piel y el tubo digestivo. La nutrición es, pues, pulmonar, cutánea e intestinal. También por estas vías el cuerpo expulsa los residuos del desgaste orgánico, en unión con los riñones. No es posible que haya normalidad digestiva si no la hay en el trabajo de la piel y los pulmones. Igualmente los desarreglos digestivos trastornan las funciones generales del organismo y en especial el trabajo de la piel y los pulmones.

Toda alteración de las funciones de la nutrición, recargando nuestro organismo con impurezas, hace más trabajosa las funciones de eliminación. En cambio, la normalidad de la nutrición supone eliminaciones también normales. De aquí que la normalidad general de las funciones orgánicas, vale decir la salud, depende definitivamente de la nutrición.

No olvidemos que tanto las funciones de nutrición como las de eliminación para ser normales requieren de una temperatura uniforme de 37 grados centígrados.

La higiene natural o ciencia de la salud se reduce a enseñar al hombre a nutrirse normalmente con aire puro a toda hora, no sólo por sus pulmones sino también por su piel y con alimentos naturales como frutas, semillas nueces y ensaladas de hojas, tallos o raíces. Es indispensable mantener activa la piel, cuyas funciones son análogas a las de los pulmones y los riñones, permitiendo su constante ventilación bajo ropas ligeras y estimulándola diariamente con el frío del agua, del aire fresco y con la acción energética de la luz y del sol.

Nutrición pulmonar

Los pulmones desempeñan una función de tal importancia que, si se la interrumpe por unos minutos, se produce la muerte. El hombre puede vivir sin alimentos estomacales cuarenta o más días, pero no puede conservar la vida dejando de respirar unos minutos.

El aire que se respira debe ser siempre puro y no debemos olvidar que a lo largo del día respiramos una cantidad de aire cuyo peso es seis veces mayor al de los alimentos sólidos y líquidos que consumimos. El aire puro es el alimento de los pulmones y es el primero de los alimentos y de los “medicamentos”.

En efecto, el aire es alimento porque con él introducimos en nuestro cuerpo energías atmosféricas indispensables a la vida también sustancias gaseosas como el oxígeno y el nitrógeno que, en los pulmones, se combinan con la sangre nutriéndola y purificándola. El aire es un “medicamento” porque transforma la sangre venenosa impura en sangre arterial pura.

Para que el aire sea un alimento conveniente a nuestras necesidades y un eficaz purificador de la sangre es preciso que sea puro, es decir, de composición normal, tal como la Naturaleza nos lo ofrece, libre de contaminaciones malsanas y exento de olores y emanaciones corrompidas, sin mezclas con gases tóxicos, ni polvo, humo u otras materias extrañas.

El aire puro se encuentra fuera de las poblaciones y lejos de las fábricas, donde hay mucho espacio y sol, en las playas, en el campo y en las montañas. La vecindad de los bosques, especialmente de pinos o eucaliptos, ofrece un aire cargado de aromas saludables y, en general, el aire asoleado del campo, la playa o la montaña, nos proporciona más elementos útiles y aprovechables.

Para aprovechar los elementos vitalizadores del aire puro es preciso saber respirar. Las personas que llevan vida sedentaria y hacen poco ejercicio físico puede decirse que respiran a medio pulmón, porque sólo se despliegan las vesículas receptoras del aire con respiraciones profundas y prolongadas.

El ejercicio físico al aire libre es el mejor aliado de una buena nutrición pulmonar. Las personas incapacitadas para la vida de movimientos al aire libre pueden hacer gimnasia respiratoria en casa, frente a una ventana o puerta abierta. Con la boca cerrada, introduciendo pausadamente el aire por la nariz se procura respirar con amplitud, elevando el pecho, para lo cual conviene apoyar las manos en las caderas y, afirmando éstas, elevar los hombros.

Estas respiraciones como suspiros profundos permiten desplegar ampliamente los pulmones intensificando la oxidación de la sangre y expulsando abundantes materias perjudiciales a la vida. Estas respiraciones se deben repetir a lo largo del día y especialmente al levantarse y antes de ir a dormir. Unos pocos minutos diarios de estos ejercicios favorecen la purificación del fluido vital y activan la circulación en el cuerpo, pues los pulmones son los órganos que sirven de bomba aspirante e impelente del fluido vital y el corazón desempeña sólo el papel de regulador de la circulación sanguínea.

De una buena respiración depende, pues, la parte más importante de la nutrición y de ella se deriva un riego sanguíneo normal de los órganos y tejidos de todo el cuerpo. El aire debe llegar a los pulmones a través de todo el tubo respiratorio que comienza por la nariz. La respiración por la boca denota anormalidad en la nariz, los pulmones o la garganta. Si el aire puro es necesario para conservar la salud, más indispensable es aún para recuperarla, pues, más que nadie, el enfermo necesita incorporar elementos de vida y expulsar las impurezas que malean la sangre y perturban sus funciones. De ahí la necesidad de que la habitación del enfermo permanezca bien ventilada día y noche, aun en tiempo frío. También es preciso evitar la presencia en el dormitorio de todo foco de impurezas, ropa o trastos sucios, materias orgánicas de fácil descomposición, plantas, flores, etcétera.

Al igual que todos los órganos del cuerpo, los pulmones dependen del proceso digestivo para su desarrollo, vida y funcionamiento. Un vientre repleto o en fermentación de su contenido, presionando el diafragma, que es la membrana que sirve de tabique de separación entre los órganos del pecho y los del vientre, reduce la capacidad respiratoria. Y los vapores que se desprenden del vientre como consecuencia de fermentaciones pútridas del intestino afiebrado
suben a través de los tejidos porosos, penetrando en los pulmones para condensarse y depositarse en ellos a causa de la diferencia de temperaturas. Estas materias dificultan más la circulación de aire y de la sangre en los tejidos pulmonares, debilitan su vitalidad y resistencia y preparan el camino para las afecciones de esos órganos.

El examen de iris de los ojos de un enfermo de los pulmones siempre denuncia un estado más o menos avanzado de antiguo, graves y prolongados desarreglos digestivos. Por otro lado, recordemos que la fiebre interna común a todos los enfermos, al acelerar el ritmo cardiaco congestiona los tejidos pulmonares estrechando su capacidad de aire. Esto explica la dificultad para respirar y la angustia respiratoria de las víctimas de afecciones febriles intensas.

Nutrición cutánea

Así como no existe enfermo con buena digestión, tampoco hay enfermo con buen funcionamiento de su piel. Piel pálida y fría supone mucosas intestinales irritadas, afiebradas y congestionadas. A la inversa, la piel caliente por buen riego sanguíneo, revela mucosas sanas en el aparato digestivo. 

Hemos vistos que nuestro cuerpo posee dos envolturas: la piel que nos protege del ambiente y la mucosa que tapiza las cavidades interiores del organismo desde la boca, nariz, ojos y oídos, hasta el ano y las vías genitourinarias. La piel y la mucosa son porosas, es decir, poseen innumerables agujeros que se llaman poros. Por medio de los poros de la piel el organismo absorbe sustancias útiles contenidas en el aire y las energías atmosféricas y expulsa materias perjudiciales a la vida, ya sea por la transpiración o por simple exhalación.

La piel como los pulmones y el aparato digestivo es simultáneamente un órgano de nutrición y de eliminación. Desempeña funciones de tercer pulmón y de tercer riñón, siendo el sudor un producto similar a la orina. La paralización momentánea en el funcionamiento de la piel es causa de trastornos más o menos graves, llegando hasta la muerte por intoxicación, como sucede en casos de quemaduras que destruyen gran parte de ella. Nuestra piel está destinada a mantenerse en permanente contacto con la atmósfera, que es su medio adecuado, al igual que el agua lo es para el pez, debilitándose su constitución y sus funciones cuando se enfunda el cuerpo con ropas adheridas a él.

El abrigo exagerado, como falta de entrada y renovación del aire sobre la piel por el error de ajustar cuellos, mangas y calzones, retiene en la superficie del cuerpo emanaciones malsanas de su interior, que son absorbidas por lo poros y se reintegran a la sangre que vuelve a cargarse de sustancias perjudiciales. Estas sustancias llegan a las mucosas de los órganos internos y las irritan, produciendo inflamaciones y congestiones. Es preciso, entonces desterrar camisetas y abrigos interiores y cambiarlos por ropas que se llevan por encima, mantas o sobretodo amplios. Por otra parte, el calor artificial que crean sobre la piel los abrigos inadecuados debilita el calor natural de la superficie del cuerpo por falta de estímulo nervioso para su producción. El exceso de abrigo debilita la actividad de la piel y disminuye la circulación sanguínea en ella, provocando congestión de la sangre en el interior del cuerpo y alterando, por esa vía, el trabajo normal de los órganos.

Para fortificar la piel es necesario entrar en diario conflicto con el frío del aire y del agua y mediante ejercicios corporales. Ya que no es posible realizar el ideal de andar desnudos, activemos momentáneamente cada día las funciones de la piel despertando su actividad por el conflicto mencionado. Para aliviar los órganos internos el camino más lógico y seguro es activar la piel atrayendo a ella la congestión e impurezas del interior, lo que se consigue estimulando la superficie del cuerpo por medio del frío del aire y del agua para obtener reacciones térmicas. También el sol, el vapor y la tierra son agentes que actúan sobre la piel, derivando por los poros las materias morbosas del
interior.

El tónico más poderoso lo constituyen los baños fríos de aire, agua y también los de luz y sol. Personas de vitalidad deprimida sienten nuevas fuerzas y vida activa saltando diariamente de la cama al despertar y, mejor en invierno que en verano, para exponer al aire libre y frío, aunque llueve o nieve. Con esta sencilla práctica disponemos del estimulante más eficaz para obligar al organismo a activar sus funciones debilitadas por desnutrición e intoxicación. El ambiente frío, actuando sobre las terminaciones nerviosas de la piel desnuda, obliga al cuerpo a defenderse del frío, produciendo mayo calor y llevando fiebre interna a la superficie. Esta actividad defensiva pone en marcha el proceso vital, oxidando intensamente los residuos inservibles y haciendo más enérgica y completa la circulación de la sangre en todo el cuerpo, con lo que mejora la nutrición general y se activan las eliminaciones.

Los medicamentos y los sueros fortificantes, mediante los venenos que poseen, estimulan también el organismo obligándolo a defenderse procurando expulsar el tóxico que lo perjudica. La mayor actividad que desarrolla la naturaleza del enfermo para defenderse le hace sentir fuerzas nuevas que equivocadamente le atribuye a virtudes de la medicina. Desgraciadamente el desengaño no se hace esperar, pues la reacción orgánica que se creyó salvador, sólo fue un alivio fugaz, después del cual viene una postración mayor, pues el estimulante artificial, en vez de aumentar la fuerza, consume sus reservas.

En cambio, el baño de aire o agua fríos, produciendo conflicto térmico obliga al organismo a entrar en una reacción general, oponiendo calor al frío. Ayudada con ejercicios gimnásticos, esta reacción se activará y prolongará la producción de calor animal, lo que equivale a fortificar la energía vital y favorecer la combustión de las impurezas acumuladas en el organismo por mala nutrición o deficientes eliminaciones. Todo enfermo es un debilitado cuyo organismo trabaja flojamente. El conflicto con el aire frío funciona como el látigo que lo obligará a activar sus funciones y, por tanto, el cambio orgánico que logra la regeneración integral del cuerpo.

Hay gente que vive sustrayéndose a la acción del aire fresco por temor al “resfriado”. Precisamente son esas personas quienes viven el resfriado crónico. Con el aire encerrado en las habitaciones y con la escasa o nula ventilación de la piel, el organismo se recarga de impurezas. La sangre impura implica enfermedad crónica y debilitamiento de las defensas. La actividad funcional de la piel es fuente de salud y energía y de sus funciones depende la normalidad digestiva y pulmonar.

La nutrición depende de la temperatura del aparato digestivo

Ante todo, debemos siempre tener presente que no alimenta lo que se come, sino lo que se digiere. Puede ingerirse buenos y abundantes alimentos, pero si se corrompen por fermentación malsana, en lugar de nutrir, envenenan. La nutrición intestinal se efectúa por la transformación de los alimentos en el aparato digestivo, mediante un proceso fermenticio que se reconoce con el nombre de digestión.

Llamamos digestión a la transformación en sangre, mediante fermentación microbiana, de los alimentos ingeridos; que sólo puede ser sana en el hombre a la temperatura de 37 grados centígrados. De acuerdo con esto, la digestión depende:

1. De la temperatura del estómago e
2. De los alimento, su clase, cantidad y intestino;
3. de la completa ensalivación y calmada deglución de los alimentos combinación y

El tubo digestivo empieza en la boca y termina en el ano. Del mismo modo, el proceso digestivo se inicia en la boca con la masticación, ensalivación y deglución de los alimentos y termina con la expulsión de lo inservible y perjudicial. Después de la boca tenemos el esófago que una a ésta con el estomago, el cual es un ensanchamiento del tubo digestivo. En seguida tenemos el intestino delgado, que es donde se efectúa la parte principal del proceso digestivo. Y finalmente el intestino grueso.

La importancia de la función digestiva nos lleva a afirmar que somos un aparato digestivo con miembros, y en el estómago e intestino se elabora la salud y se origina la enfermedad, cualquiera que sea su nombre o manifestación. Esto lo puede comprobar cualquier persona que se sienta enferma observando el iris de sus ojos en un espejo pues comprobará que alrededor de las pupilas se presenta un tejido más o menos esponjoso, de color amarillento o más oscuro, en el que el tejido iridal se disgrega, haciendo contraste con el resto, que se presenta más o menos liso, compacto y de color más uniforme.

Además, el hecho de que en el iris la zona correspondiente al tubo digestivo ocupe el centro, alrededor del cual quedan los demás órganos del cuerpo, nos demuestra la importancia de la función digestiva dentro del organismo. 

La mala digestión puede presentarse bajo dos aspectos: mala elaboración o mala eliminación. Se puede tener elaboración estomacal sin molestias, pero retener los excrementos 24 o más horas en el vientre; a la inversa, la elaboración estomacal puede ser malsana con desarrollo de gases y ácidos y desocuparse el vientre cada 8 o 10 horas, que es lo normal. 

La temperatura febril del tubo digestivo favorece la putrefacción de los alimentos que se corrompen fácilmente con el calor malsano. Esto todo mundo lo puede comprobar en el verano, constatando cómo un plato de comida se avinagra en pocas horas. Para evitar esa putrefacción de los alimentos, se ha inventado el refrigerador. Con mi sistema se “refrigera el interior del vientre” a fin de evitar las putrefacciones intestinales. 

El proceso de irritación, inflamación y congestión de las mucosas y paredes del estómago e intestinos, origen y naturaleza de la fiebre interna, se genera paulatinamente desde que el hombre deja el pecho materno, a consecuencia de prolongados esfuerzos digestivos exigidos por una alimentación inadecuada.

Los alimentos requieren un trabajo más o menos forzado y prolongado para su procesamiento. Este esfuerzo por reacción nerviosa y circulatoria, se traduce en congestión, que repetida cotidianamente, durante la infancia, la adolescencia y la juventud, se hace crónica, degenerando los tejidos de las mucosas y paredes del estómago e intestinos. Los vaso capilares se dilatan, reteniendo mayor volumen de sangre que la normal y, por lo tanto, manteniendo temperatura febril en grado variable.

Esta congestión crónica hace degenerar la digestión en fermentaciones pútridas, con desarrollo de gases tóxicos y ácidos corrosivos que, junto con privar a la sangre de substancias nutritivas, cargan el fluido vital de venenos que originan nuevas irritaciones, inflamaciones y congestiones, características de los diversos estados patológicos clasificados como enfermedades. En realidad, todas las enfermedades catalogadas obedecen a una causa única: nutrición
inadecuada. Y todas las enfermedades representan un efecto único también: desnutrición e intoxicación.

Si desde la infancia el hombre comienza a degenerar sus órganos digestivos con alimentación inadecuada, no es ilógico que al llegar a la edad madura su cuerpo falle con diversos desarreglos, según la constitución y el tipo de vida de cada uno. Perturbaciones nerviosas, cardíacas, visuales, hepáticas o renales tiene su origen en esas fermentaciones pútridas y no en la acción del misterioso microbio. Así por ejemplo, las infecciones intestinales, que la medicina facultativa atribuye a los microbios, deben entenderse como putrefacciones intestinales que resultan de fermentaciones malsanas originadas por calor anormal en el interior del vientre. Y como los desarreglos digestivos son el punto de partida y apoyo en toda dolencia, todo tratamiento curativo debe dirigirse preferentemente a normalizar la digestión del enfermo, para lo cual hay que combatir su fiebre interna. Larga experiencia me ha permitido comprobar que para hacer una buena digestión es preciso mantener caliente la piel del vientre, para lo cual sirve la compresa abdominal y mejor aún el lodo. Esto nos lo enseñan los cerdos que, una vez repleto su estómago con todo tipo de alimentos, se acuestan en el lodo mientras dura su digestión evitando el alza de la temperatura de su vientre. Sin lodo, los cerdos enferman.

Comprobación

En cierta ocasión conocí a la señora Ester Morales cuya nietecita estaba muy enferma; vomitaba y tenía diarrea fétida y oscura. La chiquita tenía apenas dos meses de edad y la alimentaban con leche en polvo comprada en las farmacias. Entonces sugerí que día y noche mantuvieran envueltos el vientre y riñones de la pequeñita con un fajado de lodo o barro natural, renovando la aplicación cada 5 o 7 horas. Entre una y otra envoltura se aplicaría frotación de agua fría y se controlaría la reacción con pies y manos calientes. Se mantendría a la nena al aire libre al menos durante el día. A los tres días desaparecieron los vómitos y a los seis se normalizaron excrementos. Un año después la niña comía de todo y continuaba durmiendo con cataplasma de lodo para normalizar su temperatura interior.

 

Fuente: Manuel Lazaeta Acharan; Medicina natural al alcance de todos. Editorial Pax México; 1997.

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