Las voces en la psicosis

El sujeto psicótico padece por las consecuencias de un déficit en el nivel de la simbolización. Es un hecho clínico verificable, y no son solo los familiares, que en muchos casos no entienden qué le pasa al psicótico, quienes sufren las consecuencias. Muchas veces es el psicótico mismo quien lo padece y pide ayuda, y eso nos habilita a escucharlo y eventualmente a ofrecerle la posibilidad del psicoanálisis.

Ni Freud, ni Lacan, a pesar de haber dedicado mucho esfuerzo para precisar los mecanismos en juego en la formación de los síntomas, redujeron la psicosis o la neurosis a una cuestión mecánica. Más aún, para ellos ni siquiera el mecanismo es lo decisivo. Volviendo a la referencia princeps de Lacan, el significante nombre-del-padre no es, estrictamente hablando, un significante que pueda escucharse en la mecánica asociativa del relato neurótico, como tampoco puede localizarse en su discurso la sustitución de significantes que Lacan llama metáfora paterna. Se trata más bien de una manera de nombrar un elemento mítico y una operación que también lo es. En síntesis, la forclusión del nombre-del-padre no es la fórmula de un mecanismo, sino de la consecuencia de una toma de posición frente al deseo encarnado por un padre. Es un decirle que no a la posibilidad de que dicho deseo, por así decir, legisle las condiciones de lo deseante. Y así como suponemos una toma de posición del hablante, es decir del deseante, en el tiempo primero de la constitución subjetiva, también podemos reconocer una toma de posición semejante frente a los conflictos que afectan la vida del psicótico. Incluso haber rechazado el acto de nominación proveniente del padre, hace que algunos psicóticos encuentren una mayor libertad a la hora de procurarse o inventarse un nombre propio. No se trata, entonces, de abordar la psicosis como una estructura anónima.

ANGUSTIA DEL OTRO

¿Cómo situar la angustia a propósito de la psicosis?

Confrontado con el deseo del Otro, el neurótico elude la angustia rebajando su deseo a la demanda. El perverso petrifica su propia angustia; pretende que su división subjetiva le sea devuelta desde el Otro. En la psicosis, el desamparo de quien se ofrece como soporte para que el Otro goce despierta la angustia de quien se encuentra en su presencia.

El psicótico, no se sostiene en el lugar del Otro por el objeto a; goza de la libertad de tenerlo su disposición. En la psicosis, no hay demanda de a; el psicótico, comenta Lacan, lleva la causa en su bolsillo. De ahí nuestra angustia.

UNA PUNTUACION SIN TEXTO

Adoptamos como punto de partida la definición de la psicosis como identificación del goce en el lugar del Otro. Digámoslo ahora de otro modo: el psicótico no cree en el Otro, está seguro de la cosa. ¿De qué nos habla ? De una voz que se dirige a él. La voz del Otro lo interpela, lo injuria. Esa voz - que a todos nos habita - se vuelve en él un objeto parasitario, extranjero; pierde así su función de anudar el decir a la palabra

En la psicosis, algo se halla cercenado para el sujeto; por lo tanto, no podrá ser re encontrado en su historia. Errático, como "una puntuación sin texto", el mensaje irrumpe en lo real en forma de alucinación. Ahora bien, esa proximidad de lo real resulta insoportable para nosotros, sus interlocutores; sacude el fantasma de nuestra propia realidad.

Al psicótico no lo aqueja, al modo del síntoma neurótico, el retorno de la verdad como falla en un saber. Un nudo fuera de su alcance encierra sobre él un saber absoluto. Los mensajes que recibe vienen a confirmarle la existencia de cierto lugar donde podría saberse lo que quieren decir. El sabe que existe un significado: hay saber y eso está indicado.

En la psicosis todo está en sus voces; el psicótico cree allí. Y no solamente cree allí, sino que a esas voces les cree. Ellas constituyen un reclamo de más verdad, apuntan a una identidad con esa verdad. La voz, en tanto objeto esencial, resuena en un vacío. Ese vacío es el vacío del Otro y, en tanto tal, se corresponde con su falta de garantía. En consecuencia, responde a lo que se dice, pero no puede responder de eso que se dice. La voz psicótica, en cambio, da cuenta de la certeza de que la cosa sabe.

En la psicosis la voz queda reducida a sus desechos; "hojas muertas" que pierden su alteridad respecto de aquello que se dice: portadoras de la primera y también de la última palabra, retornan bajo la forma del insulto. Esas voces, podríamos decir, no pueden no ser.

FUERA DE DISCURSO

¿De dónde provienen esas voces?. Necesariamente del propio sujeto; su presencia se vuelve irrecusable debido a la marca que el significante acuña en ellas.

Si todo discurso se funda por excluir lo que el lenguaje entraña de imposible, esa imposibilidad - sostiene Lacan - es el caballo de Troya por donde entra, en la ciudad del discurso, el amo que es en ella el psicótico. Nuestro propio embarazo denuncia así el campo fuera-de-discurso de la psicosis.

El deseo nos llega desde el Otro, el goce está del lado de la cosa y el objeto a la cosquillea desde su interior fabricando el discurso de la renuncia al goce. Un discurso que se ordena de modo tal que funda un lazo social. Aproximarse a la psicosis es acudir al encuentro de quien sostiene su existencia fuera del lazo social; vale decir, sin el apoyo que el discurso constituye.

Fuente: Daniel Zimmerman, Apuntes de Clase, Escuela Freudiana de Buenos Aires (EFBA).

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